Quito, agosto de 1957
Lourdes se bañaba en ducha los domingos, ese era el mejor día de la semana, el agua calientita era un premio sobre su pequeño cuerpo de siete años. Las duchas públicas eran un lugar plomo, rodeado por tubos que llevaban el agua calentada con leña.
A la dueña de los baños públicos, le decían Doña Luchita, su verdadero nombre era María Luisa Fiallos Guandinango, siempre trató de ocultar su segundo apellido, ninguno de sus clientes lo sabía, según ella, era absurdo que Dios le haya castigado con un apellido tan indígena cuando su cara era blanca y sus ojos eran claros como miel.
Lourdes y su abuela llegaron muy temprano el domingo a las duchas de Doña Luchita. En una funda plástica llevaban jabón de rosas y dos toallas, una blanca que por el tiempo había tomado un color amarillento y la otra que algún día fuera roja pero que había sido desgastada y descolorida por todas las veces que había sido frotada sobre piel húmeda.
Quédate aquí y no te muevas le dijo su abuela a Lourdes. La abuela se alejó con paso lento y moviendo su gran trasero que, según había oído Lourdes, era una herencia familiar de alguna abuela guayaca. A Lourdes le daba miedo que un día ella también caminara llevando encima ese gran trasero que distraía del resto del cuerpo.
Esperó algunos minutos. Muchos clientes llegaban a bañarse. Algunos hombres llegaban solo en chanclas y pantaloneta, con el pecho vacío de pelos y la cara lampiña. El pelo grasiento, las uñas de los pies negras de tierra serrana, algunos aún borrachos, con dos horas de sueño encima, enrojecidos de trago barato y cerveza.
A Lourdes ese espacio húmedo y gris le parecía mágico, veía todo con lentitud, se veía nube de vapor caliente, se imaginaba a ella misma agua limpia corriendo calles de piedra, quería ser por un momento leña para no tener frío nunca más. Cuando su imaginación se apagaba como foco quemado escuchaba el sonido del agua sobre los cuerpos sucios y desnudos.
Jugando con una piedra y ya cansada de esperar a su abuela pensó en el después, estaba segura que sería feliz, que un día tendría plata para comprarse todo el maní de dulce que quisiera, se vio sentada en un banco de madera, dueña de unos baños públicos como la señora Luchita, con la mano extendida esperando que las monedas cayeran en sus palmas limpias porque, como seria dueña de las duchas, se podría bañar todos los días en agua caliente. No como ahora, que su abuela la bañaba con agua asoleada en la piedra de lavar de su casa enana.
Se puso ansiosa, ya era demasiado tiempo y su abuela no llegaba, se acercó a la dueña de las duchas que estaba sentada en un banco de madera.
Disculpe doña Luchita, preguntó Lourdes, no le ha visto a mi abuelita. La vieja le sonrió con malicia a la niña. Haciendo con su boca una flecha le señaló una de las duchas. Lourdes regresó a ver con lentitud, sin entender muy bien la seña de la vieja. Se acercó con pasos cortos, con rodillas sucias, con los ojos grandotes. Poco a poco se acostó en el suelo sucio y mojado, sintió la humedad en sus manos. Vio algo extraordinario. Sobre el piso de madera estaban los pies de su abuela, venosos y pequeños como siempre, pero al parecer, cuando la abuela de Lourdes se mojaba, se convertía en un monstruo de cuatro piernas. Lourdes se quedó acostada, viendo como a su abuela le habían crecido dos piernas más. Cómo sería el resto del cuerpo, se preguntó Lourdes. Además que este monstruo, que antes era su abuela, debía estar loco, porque sus cuatro pies se movían con torpeza, de un lado al otro, dejando que a veces el agua caiga directamente de la ducha al suelo de madera sin tocar el cuerpo de ese monstruo de cuatro pies. El monstruo parecía agitado, lanzaba gemidos de dolor, Lourdes se preocupó.
Abuela, gritó Lourdes, estás bien. El monstruo y sus cuatro pies se quedaron quietos. Abuela, llamó otra vez la niña, con voz preocupada. No pasa nada mijita, vaya a la casa, que ya voy. Pero aún no me baño. Que vaya a la casa le digo, guambraemierda, haga caso lo que le digo que yo ya llego.
Lourdes se levantó. Se acercó a la vieja que había observado todo. Hasta luego doña Luchita dijo con tristeza. La vieja solo movió la cabeza sonriendo. La niña caminó pensando en el monstruo, con una sensación de suciedad en todo el cuerpo, caminó con rodillas sucias, con la mente rodeada de misterios inentendibles, con la boca saboreando un maní de dulce que ese día no podría comprar.
1 comentario:
Lo ambientaste en 1957, pero todavía hoy, en el centro de Quito, se pueden encontrar baños calientes.
Viví durante un tiempo en la casa de los abuelos de mi mujer, a mediados de los 90. La casa queda en el centro, en la calle Junín y en uno de los traspatios había un negocio de duchas publicas con agua caliente. Años atrás había sido el negocio de la abuela de mi mujer. Cuando vivíamos allí lo administraba otra señora. Ya no era agua calentada con leña si no con gas subvencionado. Al leer tu cuento me sentí inmediatamente trasladado a esos años, cuando cada día veía pasar a todos esos personajes en chanclas, con una toalla al hombro.
También imaginé los años en que mi padre, un adolescente huérfano costeño, que vivía con un tío que recogía a todos los sobrinos costeños que venían a estudiar a la capital, debía planificar en función del bolsillo de mi tío, los días en que se podían dar una ducha con agua caliente.
Tus cuentos son muy buenos. Cuida más la puntuación.
Juan Moreira
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