No le gustaba manejar. Se había dado cuenta que en el bus tenía más tiempo para pensar, para leer. En todo caso, el carro le ahorraba tiempo, pensaba. En todo caso a veces el carro me lleva y yo solo le hago caso.
Cuando alcanzaba los cien kilómetros por hora gritaba, apagaba la música y gritaba con la garganta, sabiendo que nunca nadie le vería hacer eso, nunca nadie le vería gritar solo en el carro.
El retrovisor le mostraba las personas de su ciudad. Reflejaba los variados especímenes de quiteños que tenían carro. Le gustaba provocarlos, hacerlos esperar en un semáforo en verde. Aprendió a leer los labios. “Hijueputa, Múevete cabrón, Qué estará pensando este pendejo, Chucchamadre, Qué creerá, qué tengo todo el día”.
Todos los día manejaba de sesenta a setenta y cinco minutos. Ida y vuelta por una carretera estrecha y sinuosa, curvosa, serpientosa, engañosa, guitarresca. Muchas veces algunos dedos gordos le pedían que los lleve, no lo hacía habitualmente, pero ese día se sentía de buen genio, un buen disco de Ray Charles sonaba y estaba recién bañado.
Vio a un niño de unos once años alzar el dedo. Mano derecha en botón de luces de parqueo. Embrague, marcha a neutro, de cincuenta a cero kilómetros por hora en menos de cinco segundos. El retrovisor le mostró un niño moreno, con el cabello corto, saco verde y calentador azul.
El niño abrió la puerta. El aceleró. De cero a cincuenta kilómetros en menos de diez segundos. Qué tal, le preguntó Él, tratando de ser amistoso. Bien, bien, le dijo el niño, Y para dónde se va?. Hasta la Floresta nomás y vos?
El niño se quedó en silencio cuatro segundos. Vio la mano del conductor.
- Me voy al hospital. Mi mamá está con cáncer.
- El se quedó en silencio. Mirando la calle. Evitando los baches.
- Y usted, preguntó el niño, ya almorzó.
- Si, si, ya almorcé.
- Ahhh. Yo no he almorzado nada.
- Ah, dijo él.
- Y usted cómo pasó las navidades.
- Eh, bien, normal.
- Ah, y comió bastante, siguió el niño.
- Si, lo que se come en Navidad.
- Yo no comí nada.
- Ahh
Los eucaliptos rodeaban la carretera. Los eucaliptos asesinos, los eucaliptos importados, extranjeros, haciendo bosques de mentira.
- Oiga, siguió el niño, y usted le quiere a su mamá?
- Claro, que le quiero, porqué?
- Porque yo también le quiero a mi mamá pero se está muriendo.
Por un momentos Él sintió mucha saliva en su garganta. Y cáncer a qué tiene, preguntó
- Al seno, mañana le quitan, si a mi me toca darles de comer a todos mis hermanitos pero a veces no hay pues.
- Ah
- Justo ahora me voy al hospital a comprar una receta pero no tengo todo. Me faltan cinco dólares.
El niño lo miró. Con ojos oscuros. Esperando una respuesta. Él no decía nada. El niño no bajaba la mirada de su ojo derecho.
- Oiga, si no es mucha molestia, dijo el niño con voz de adulto, me puede ayudar con lo que tenga para pagar las recetas?
- Chuta, dijo Él, ahorita no tengo, no se, es que no tengo oye, en serio.
- Usted tiene hermanos menores?
- Si, una hermana menor. Por?
- Porque a mi me gustaría darles de comer a mis dos hermanitos. Están en la casa solitos.
Los eucaliptos. Malditos eucaliptos mentirosos. Come tierras. Maldita calle estrecha, maldito remordimiento.
Los dos fueron en silencio durante cuarenta segundos.
- En el redondel te dejo, no?
- Si, si, gracias, ahí está bien, dijo el niño.
Él sacó su billetera. Tomó un billete de veinte y le dio al niño. Le acarició la cabeza. Cuídate loco, le dijo, tendrás cuidado, ojalá tu mamá se cure. El niño se bajó sin decir nada. El aceleró. Se sintió más tranquilo.
Las calles estaban llenas. La gente caminaba con bolsas plásticas en las manos, con mochilas, con bolsillos, siempre con bolsillos.
El niño cruzó la calle. Se paró en dirección contraria de donde Él le había dejado. Guardó los veinte dólares en el zapato derecho. Alzó el dedo gordo, como todos los últimos días, diciendo lo mismo, contando la misma historia mientras su madre estaba acostada en la cama viendo un Talk Show.
Alzó el dedo a catorce carros. Después, un viejo gordo y de piel grasosa se detuvo.
- Buenas tardes, dijo el niño
- Buenas, a dónde vas, preguntó el viejo gordo.
- Al hospital, dijo el niño, mi mamá está con cáncer.
El viejo gordo sintió un charco de saliva en su garganta.
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