Un año en el Jardín de Infantes Mercedes Noboa, seis años en la escuelita fiscal de práctica Domingo Faustino Sarmiento y seis años más en el Colegio Nacional Andrés Bello.
Mi educación se ha disfrazado de profesores de todas las clases, el profesor Manosalvas que en tercer grado llegaba con el sombrero de rejoneador, la bota española y a las diez en punto nos dejaba sumas y restas mientras se iba sonriente a la plaza, el Cuy que cuando me encontraba molestando a uno de mis compañeros nos ordenaba que pasemos al frente. Patéale al Proaño lo más duro que puedas, me decía. No licenciado, no voy a patear a nadie, respondía yo. Patéale al Narváez, Proaño. El Proaño no protestaba y con gran violencia me pateaba el trasero mientras mis ojos se humedecían del dolor y de la rabia.
La Cacho que era una experta lanzadora de tizas. Lanzaba proyectiles verdes, rojos, blancos, dependiendo las tizas que el semanero traía. A veces fallaba, pero en general una cabeza, la frente, cachetes, hombros eran abatidos. En ocasiones el bullicioso no era castigado porque la tiza rebotaba en un pupitre y abatía el ojo de otro inocente quien había permanecido en silencio toda la clase de Historia con la Cacho.
Había uno de matemáticas que estaba convencido que hacía labor social en el Colegio. Si este sueldo no me alcanza ni para la gasolina decía mientras su saliva llegaba al alumno aplicado de la primera fila quien debía respirar el aliento agrio del Licenciado Bonilla.
En la escuela, a veces llegaban futuras profesoras a practicar con nosotros frente a la mirada diseccionante de mi profesora de segundo grado, la señorita Rita. Recuerdo el nerviosismo y tartamudez momentánea de la aspirante, una chica que seguro no tendría más de veinte años. Un día llegó con un frasco de mermelada lleno de agua. Antes de abrir el frasco, nos trataba de explicar como el agua después de muchas horas de reposo creaba una especie de telita donde incluso se podía posar una aguja. Era increíble para los más de cincuenta alumnos, ella con nerviosismo agarró el frasco y lo destapó. Tomó la aguja y con suavidad la acercó al agua, todos estábamos con los ojos bien abiertos esperando el gran acontecimiento de la aguja flotante. La joven, con delicadeza, soltó la aguja que de manera estrepitosa cayó al fondo. Más de cien ojos la miraron interrogadores. Enrojeció, trató de decir algo y la señorita Rita se acercó con lentitud. Qué pasó hijita, le preguntó. No sé señorita, balbuceó la practicante, no se, yo le traje quietito al frasco. Cómo que le trajo quietito. Si pues, le traje en bus desde mi casa. Al parecer la telita “sostenedora de agujas” desapareció en el trayecto de la casa de la joven a la escuela. La señorita pidió a la practicante que se sentara y nos explicó los porques de la aguja que no quiso flotar.
Recuerdo a un profesor de cuarto grado que tenía dos cauchos largos debajo de su escritorio. Uno era negro y otro rojo. Cuando un niño hacía más bulla de la permitida por el profesor lo hacía pasar a la pizarra. Qué te gusta más, preguntaba al niño asustado, fresa o chocolate. El niño tartamudeaba, fresa decía finalmente. El profesor tomaba el caucho rojo en su mano derecha. Levanta las manitos, le decía al niño con una ternura extraña. El caucho de fresa caía sobre las manos del niño con gran velocidad. Había algunos que no aguantaban y lloraban antes de que el caucho de chocolate o de fresa caiga en sus manos, otros fruncían la cara y caminaba rígidos a su asiento.
Al Caballo Loco en segundo curso le gustaba torturarnos manteniéndonos toda la hora de clase con los brazos en posición horizontal a la altura de los hombros.
Las del DOBE (Departamento de Orientación y Bienestar Estudiantil) eran menos violentas, se creían una segunda madre con la obligación de llevarnos por la senda del bien. Mis visitas al DOBE no eran solo individuales, en algunas ocasiones mi madre me acompañaba. Yo en silencio y ella rogando que no me boten del colegio. La del DOBE, inexpresiva, le explicaba a mi llorosa madre mis constantes faltas. Justo día de la madre, yo avergonzado, latigueándome psicológicamente por el regalo que la daba a mi progenitora: una visita más al DOBE.
La seudo psicóloga me pidió que levante la cara, que mantenga la frente en alto. Anda a buscar una flor en el jardín de atrás, me pidió. Salí de la oficina en busca de la flor, dejando a mi llorosa madre en manos de esa calumniadora. Cogí una flor rosada que crecía en los árboles de mi colegio. Regresé corriendo, con agitación y esfuerzo fingidos, para demostrar cansancio inexistente, para redimir mis culpas de mal hijo, mal alumno e indisciplinado.
Arrodíllate, me pidió la Seudo. Ahora repite conmigo. Me arrepiento madre, me arrepiento madre, dije en voz baja. No soy un buen hijo y te pido perdón. No soy un buen hijo y te pido perdón. Te doy esta flor por el día de la madre y como muestra de mi amor. Repetí la última frase con cansancio, sintiéndome estúpido y viendo a mi mamá con cara dura y fruncida.
Abraza a tu mamá por favor. Lo hice sin fuerza, solo rozando sus brazos. La Seudo me hizo firmar una carta de condición y nos dejó salir. Justo en hora de recreo, justo mi mamá llorando frente a todos. Se fue y me dejó tres mil sucres para una pasta en el bar.
Ahora, ya faltando poco para terminar mi carrera en la Salesiana, siento que las cosas con relación a mis profesores no han cambiado mucho, es cierto que ya no hay tizasos o patadas públicas pero, hay demasiados silencios. Esos silencios que justifican una educación mediocre y fácil. La Universidad se tambalea entre profesores repetidores de teorías, trabajando más de doce horas al día, sin tiempo para preparar sus clases y con la esperanza de completar mil dólares al mes y alumnos con vacíos teóricos, sin pasión, como si les hubieran dejado en off.
“Creo que vengo a la universidad solo a hacer tiempo para el almuerzo” dijo una compañera hace un par de meses. Y a veces parece cierto, parece que la universidad, no todas, se ha convertido en un curso vacacional donde en su clausura te dan un diploma que diga: “Aquí tiene Señor Narváez, ahora ya puede exigir a la sociedad dos sueldos mínimos vitales, ser parte de la estadísticas del Inec y además enmarcar este diploma para que lo ponga en alguna pared de su casa”.
Me resulta increíble la facilidad con la que obtendré mi título, la pasividad de la mayoría de alumnos y profesores que se mantienen aletargados ante esta evidente realidad.
El problema es que son muchos los que saben los problemas, y muy pocos los que dan soluciones, incluyéndome.
1 comentario:
si, de cariño le decían al DOBE de mi colegio el "Departamento de Desorientación Bobacional", jajaj
Saludos
p.d.Te he agregado a mi lista de blogs.
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