Pedaleaba con rapidez, con ganas, como si estuviera haciendo carreritas con los vagos del barrio. Lo diferente era que lloraba, por causa de la velocidad mi nariz moqueaba y a ratos, cuando podía, me limpiaba la nariz con la manga de mi camiseta ,de esas que te dan en Navidad impresas en Marathon.
Pasé en medio del parque inglés. Crucé la iglesia dónde hace pocas semanas vi a la mamá de la Xime en un ataúd. Tenía once años, mi mamá, por alguna razón que ya no recuerdo, me había lanzado una chancleta que gracias a mis habilidades de “esquivador profesional” habían golpeado la puerta y no mi pecho.
Mi bici era hermosa, plateada, con mangos negros, con unos tubos atornillados a la llanta trasera para que el Pablo, el Marco, el David, la Fernanda, la Cristina, la Xime o mi sobrino se subieran.
En el volante tenía una linterna que lanzaba una luz blanca para manejar en las noches, su asiento era negro y cómodo a pesar que lo usaba poco porque era más lindo manejar parado sobre los pedales que tenían una especie de luces amarillas.
Se llamaba Diana, a la bici me refiero, en honor a una chica de mi colegio con falda cortita, rodillas brillantes, zapatos de muñeca, ojos plomos y unos labios rosados y húmedos de “chapstick”.
Ya había pasado la iglesia y me di cuanta que estaba lejos, que tenía frío, maldita manía de salir solo en camiseta y pantaloneta, maldita manía de no hacerle caso a mi mamá. La Diana estaba bien aceitada y con velocidad llegamos hasta el Centro Comercial Aeropuerto. Ya estoy bien lejos, pensé, pero no importa, me hicieron enojar y ahora que se asusten, hoy duermo en la calle.
Eran la seis y media de la tarde y estaba sentado en una vereda con la Diana acostada de lado en la orilla de la calle. Tenía frío, trataba de darme calor en las piernas y brazos descubiertos, me apretaba de vez en cuando los granitos de las rodillas. Me imaginaba la calle de mi casa llena de patrulleros, mi mamá llorando, mis hermanos abrazados, mi papá llamando a todos mis amigos, timbrando casas apara averiguar donde estaba.
Ya es suficiente tortura, pensé. Le alcé a la Diana, la monté y comencé a pedalear la cuesta que me hacía sudar y moquear más. A dos cuadras de mi casa comencé a repasar el llanto, el discurso de víctima necesario cuando mi madre me abrace al llegar.
Me senté en la Diana. Me acerqué a la calle donde estaba mi casa. No había nadie, solo un par de carros parqueados en casas vecinas.
Desmonté a mi amada, abrí la puerta de la calle, caminé jalando a mi bici hasta la puerta de entrada que estaba sin seguro, la dejé pegada a la pared y moví la chapa.
Mi hermano estaba con el uniforme del colegio viendo El Chavo, mi mamá estaba planchando, alzó su cara, me miró de pies a cabeza. Anda a bañarte que estás con las rodillas mugrientas, dijo en tono tranquilo. Subí las gradas, mi hermana hablaba por teléfono, mi papá aún no llegaba del trabajo.
No hubo patrulleros ni llantos. Años después le conté a mi hermana mi intento fallido por huir de la casa. Ahora en todas la reuniones familiares se cuenta la anécdota de la vez que el tercer hijo se fue de la casa y nadie se dio cuenta. Todos ríen, incluido yo, el tercer hijo.
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