Doña Nilda nació en Guabas, un pequeño pueblo en la sierra norte del Perú, se casó con un vecino que no hablaba mucho y casi no salía de su casa. Su vida, por más de la mitad, fue la chacra, su marido silencioso y sus tres hijos, que ahora dejaron su tierra y trabajan en diferentes ciudades del Perú. Viajamos juntos durante diez horas. Volvía a su tierra después de dos años de saltar de una ciudad a otra visitando a sus hijos. Trabajó por un año en Lima en la casa de un joven que vivía solo. “Muy bueno era el joven” me decía mientras su boca se encogía hasta volverse un pico. Le pagaban poco, tres cientos soles al mes por cocinar, lavar, planchar, limpiar y vivir en la casa del joven. “Una extraña su tierra, sus animales, su chacra, sus amigas, ni creo que estoy volviendo a mi tierra”
A las ocho horas de viaje la señora Nilda llegó a Guabas, después de dos años,”Cuidarasen, tendrán cuidado de las serpientes y de la selva” nos dijo con cariño.
A nosotros aún nos quedaban diez horas de viaje en un bus enorme pero con poco aire. El Juan a mi lado tenía cara de perro mal dormido. Los dos malgenios, los dos con calor.
La carretera es larga, en 18 horas atravesamos el Perú de occidente a oriente, la planicie se hizo montaña y la montaña selva. Siempre despierto mientras el Juano dormía.
El Juaneco después de apenas tres comidas en Perú llegó a las siguientes conclusiones:
- no hay nada como la comida ecuatoriana.
- no hay ni una bonita en Perú.
- “Mi mp3 no vale”
- El clima de Quito es perfecto.
Abro bien los ojos y filmo lo que encuentro. Perú se nos vino encima y parece que hace poco nos dimos cuenta que ya estamos muy lejos de la casita y el jugo de naranjilla.
Ahora estamos en la selva, en Tarapoto, a 31 grados y sin cambiarnos de ropa desde hace dos días.
1 comentario:
¡Ah pero eso no es nada! A nosotros casi que nos secuestran, por no decir que ello sucedió en esa ruta (de la costa a Cajamarca).
Así que a no llorar.
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