lunes, 20 de octubre de 2008

OCTÁGONO

22 JUNIO 2008

 Me despedí de los tres en una estación de buses después de intentar jalar dedo por un par de horas. Enojado, cojí un bus nocturno que iba en dirección a Neuquén. Lo de siempre. Dormir. Levantarse. Escuchar un ronquido. Ver luces afuera de una ventana. Parar.

Llegué a Neuquén y enseguida me subí a un bus que me dejó en las afueras de la ciudad. Ahí me paré a esperar. Una camioneta con un rostro que no recuerdo me llevó lentamente unos treinta minutos más al este. Me dejó y caminé un par de kilómetros a esperar otro bien intencionado argentino que quiera compartir la mañana con mi discurso ya preparado de mochilero ecuatoriano. “Si, tengo 19 años y he viajado casi dos meses”, “si, el Papa se murió”, “Si, en Ecuador hay muchos bananos, como vacas en Argentina”.

 Esperé. Esperé. Y esperé tanto para llenar 800 páginas enteras con la palabra esperé. Una camioneta blanca paró. Ahí estaba un hombre de piel morena y justo a su lado Juan Moreda, un español medio loco con el que había salido desde Quito hace más de dos meses y con quien por diversas discusiones me había separado hace dos días. Y ahí estábamos, sentados en la camioneta de un desconocido que no entendía como los dos nos encontramos en una carretera en el medio de Argentina jalando dedo. 

Nos dejó en un pueblo pequeño. Esperamos. Esperamos. Así más de 200 páginas. Y nadie nos llevó. Unos camioneros lo hubieran hecho, dijeron, pero estaban en paro. “lo sentimos muchachos, pero paro es paro”. Y tenía razón. Su paro se volvió el nuestro. Nos sentamos con ellos a tomar mate mientras media docena de camioneras dudaban de nuestra heterosexualidad que según ellos era dudosa. “dos hombres, viajando solos, dejate de joder”

Me cansé otra vez de esperar. Pero ahora éramos dos. Decidir en dos. Difícil. Mejor vamos a Bahía Blanca. Ya no nos va a llevar nadie. Simón. Es mejor eso. Compremos los boletos y vamos. El bus sale a las nueve. Listo. Esperemos.

Disculpe…me da dos plátanos por favor?. De donde sos?. De Ecuador. Ahh. Acá se shaman bananas.

Me fui con mis bananas a esperar el bus junto a Juan quien tomaba una sopa de sobre disuelta en agua de mate. Otra vez la rutina del bus. Maletas abajo. Subir. Maleta pequeña entre las piernas. Dormir. Bajada para orinar. Dormir otra vez y despertarse.

Ya olía a día y nos bajamos en una estación de buses. Juan estaba en silencio. Yo también. Habíamos aprendido que los silencios entre los dos nos tenían más juntos que las palabras. O quizás lo aprendimos después en Buenos Aires. Nos sentamos en unas bancas azules llenas de argentinos que tomaban mate. Y ahora?. Mejor preguntamos dónde queda el puerto. Disculpe, dónde queda el puerto?. Aquí no hay puerto. Cómo no hay puerto? Si estamos en bahía Blanca. No muchacos, están en Olavarría, en la provincia de Buenos Aires.

Un mapa azul nos indicó la lejanía de esta pequeña ciudad con Bahía Blanca. El sueño nos había ahorrado varios pesos y nos había dejado varados en una ciudad con una panadería perteneciente a una española vieja que se empeñaba en que Juan escuche sus historias pasadas, un zoológico con un cóndor y varios puentes pequeños que se quedaron impregnados en mi cabeza no se bien porque.

Caminamos varias horas por la pequeña ciudad. Durante el viaje el tiempo deja de tener importancia y la lentitud de la vida se hacía necesaria y a veces desesperante. Recuerdo al cóndor del zoológico  y sus grandes alas que nunca se abrieron, me veo a mi acostado en una banca mientras Juan compraba pan y queso para nuestro almuerzo. Pasamos un día entero ahí. Esperando el tren a Buenos Aires que saldría a las cuatro de la mañana. Intentamos dormir en un lugar apartado de la estación de bus pero un policía con cara de película de Desaparecidos argentinos nos echó seriamente.

Sentados y con frió Juan me relatba su España y su Irlanda con un nuevo y adquirido acento argentino. Yo escuchaba y a veces reía sin ganas, con esa risa mentirosa que después de mucho tiempo de hablar se hace verdad. El tren llegó y esta historia también.

Pasaron tres años desde que estuve en Olavarría y un libro me llevó a otro y diferentes circunstancias me detuvieron en Quito. Hace pocos meses conocí a Cortazar de frente. Antes tan solo lo había hojeado y no me había dicho nada. Hoy me dijo el mundo. Me dijo Dios. Me dijo amor. Me dijo soy. Me dijo seré. Y yo lo miro desde lejos queriendo ser él.

Me topé con Rayuela, uno de sus libros más importantes según los críticos que tanto les hago caso pero que tanto aborrezco. Comencé a leerlo con esa ansia de topar unos senos por primera vez después de haberlos pensado en tus manos por meses.

Su segunda página originó este relato, mi relato:

“Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de Paris donde el cielo vale más que la tierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturriaba melodías ni siquiera inventadas, melopeas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba para pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás y que cada vez me parecía más fecundo y necesario. Con un enorme esfuerzo, reuniendo imágenes auxiliares, pensando en olores y caras, conseguía extraer de la nada un par de zapatos marrones que había usado en Olavarría en 1940…” Rayuela -  Cortázar

Me quedé quieto y sonreído como cuando te besan la entrepierna. Cortázar había estado en Olavarría. Una pequeña ciudad que no debía haber existido para mí. El estuvo ahí. Coincidencia. Suerte. Casualidad que no dice nada es cierto. Pero me sentí parte de él un momento. Parte de su historia. Y pensé en Sábato y su Túnel. Recordé el siguiente fragmento:

“Miraba por la ventanilla, mientras el tren corría hacia Buenos Aires. Pasábamos cerca de un rancho; una mujer, debajo del alero, miró el tren. Se me ocurrió un pensamiento estúpido: “A esa mujer la veo por primera y última vez. No la volveré a ver en mi vida.”

Mi pensamiento flotaba como un corcho en un río desconocido. Siguió por un momento flotando cerca de esa mujer bajo el alero. ¿Qué me importaba esa mujer? Pero no podía dejar de pensar que había existido un instante para mi y que nunca más volvería a existir; desde mi punto de vista era como si ya hubiera muerto: Un pequeño retraso del tren, un llamado desde el interior del rancho, y esa mujer no hubiera existido nunca en mi vida.” El Túnel -Sábato

 Y encuentro risible y hermoso saber que mientras Cortazar intentaba recordar cosas inútiles, Sábato hablaba por un momento de esas cosas inútiles, como la señora del rancho, y estaba conciente de que las olvidaría.

 

Sábato y Cortázar se unen en mi cabeza y yo me uno a ellos. Y me imagino en un café porteño junto a esos seres. Silencio. Silencio incómodo. Ese silencio que solo se vuelve ligero y suave con la persona que amas. Pienso demasiado en coincidencias, que estoy conciente, no dicen nada. Solo un enorme rectángulo que es la vida. Y veo ese rectángulo lleno de pequeños octágonos que somos los seres humanos. Ese panal de 600 mil millones de personas es la tierra y soy un pequeño octágona en fricción con otros octágonos que son la gente que conozco y amo. Y rozo a una mujer por algunos años y se va. Las posibilidades de que nos encontremos otra vez son bajas pero existen. Nadie se puede salir del enorme rectángulo. Salimos de este cuando morimos. Solo los grandes dejan sus octágonos. Viven en ellos. Los escritores, los cineastas, los genios, los revolucionarios que han muerto dejaron su octágono que sigue rozando con nosotros los octágonos vivos.

Soy solo un octágono.

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