ENTRE EL 30 DE JUNIO Y EL 5 DE JULIO
Mientras leía 'La ciudad de los perros de Vargas Llosa' pensé en cientos de cosas y hechos que estuvieron en mi adolescencia. Decidí escribir sobre eso. Sobre esa adolescencia llena de masturbaciones mentales,físicas y continuas ilusiones. Los profesores castigadores. Los amigos que ya no existen. En fin. Este solo es un intento de no olvidar mi pasado. Escribiendo vuelven a mi imágenes que las había borrado. Cuando escribo existen y dejan de estar muertas en mi cabeza.
ARTURO 1
Arturo Jácome Calvache se la quedaba viendo. Natalie Reina se sentaba a dos puestos de su sitio. Regresaba a ver con velocidad. La niña parecía sonreír levemente demostrando darse cuenta de las constantes miradas de Arturo.
¿De quién habla? Será de mi?. Urgaba en su mente mientras veía la frente de Reina.
- Oye Jácome, gritaba una lengua que tropezaba con sus dientes superiores y el paladar, generando una z española exagerada que le daban un aire estúpido, hiciste mate?. No jodas Bonifaz, a qué hora pues? Si me quedé dormido hasta las doce, comí de una y vine para acá. Pídele al Morales, ese man de ley tiene y después me pasas.
Arturo estaba rodeado de una a seis y media de la noche por 27 hombres y 25 mujeres que se sostenían en las edades de 13 y 14. Estaba en segundo curso. Su cara era flaca, morena y angulosa, con unas cejas gordas y grandes pestañas que habían originado cientos de burlas desde su infancia. El Jácome se pinta las pestañas, decían sus compañeros. Sus manos eran delgadas, junto a sus brazos que parecían dos tubos café oscuros, recios y fuertes. Boca gruesa, nariz redonda, idéntica a la de su madre, sus ojos grandes como los de su padre. Nació con el rabo verde.
Los aviones pasaban a poca distancia del colegio. Retumbaban las ventanas cada treinta minutos.
Listo para el despegue?. Listo torre de control. Alerones listos, permiso para despegar?. Permiso concedido.
El avión en pocos segundos estuvo lejos del suelo. Los pasajeros veían alejarse una ciudad de colores que poco a poco iba teniendo un tinte plomo por las casas en las periferias.
El sonido del avión llegó rápidamente a los oídos de Arturo.
Qué carajo está haciendo Jácome, dijo el profesor de historia que acababa de llegar. Era un hombre delgado, con ropas viejas y una carpeta marrón bajo el brazo. El Caballo Loco le decían. Su dientes eran grandes y cuando reía se sobreponían a los labios delgados.
Perdón licenciado. Estábamos jugando. ¿A eso le llaman juego? Vaya adelante. Que vaya adelante le digo. Caballo hijo de puta, para lo que me importa su puto imperio Romano y la religión de Roma. Y deje de estar murmurando y muévase, alce las manos, eso, a la altura de sus hombros. Se va a quedar así toda la hora. Oyó?. Ni que fuera sordo Caballo pendejo. Que si oyó le pregunté. Si licenciado.
Miraba a Morales con odio. La clase escondía sus risas. Ya habían pasado diez minutos y los brazos le quemaban, daba pasos pequeños hasta llegar a arrimarse a la pared. Descansaba. Cuando el Caballo regresaba a ver, daba un paso corto y rápido para despegarse de la pared.
Ya está cansadito?. Un poco licenciado. Ah, un poco nomás?. Conste, ustedes mismo oyeron, quédese nomás ahí parece que le ha sabido gustar no?
Los compañeros de Arturo reían. Especialmente Ayala. Era flaco y alto. Su cabello era claro. Combinaba con sus ojos verdes. Se lo distinguía entre todos.
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