Estábamos en un tren enorme que lo llaman el Ferrocarril de la muerte, en realidad no había nada que asustara con excepción de los asientos que eran demasiado duros y pequeños. Llegamos a Santa Cruz cansados. La ciudad era lo de siempre, ese tipo de ciudades apagadas, llena de taxis, gritos y una plaza de 1600 que comparte espacio con viejas y nuevas construcciones. Y sigue la rutina del viaje que si lo pienso bien no es rutina, salir a la plaza, el Juan siempre un poco atrás a paso lento, No te quedes le digo. Solo una noche en Santa Cruz, no valía la pena quedarse más tiempo, al menos así lo decidimos el Juan, yo y la Lonely Planet.
Santa Cruz en caos, Bolivia casi en guerra civil, más de treinta muertos en Pando, las carreteras que van a la Paz bloqueadas. Disculpe amigo, cómo hago para llegar a La Paz. Uy complicado essta, le toca irse a Blablabla, que esstá a dos horas de aquí. Y dónde cojo el bus para Blablabla. No hay bussess, solo essoss carros ahí al frente, pregunte ahí, dice el boliviano que habla convirtiendo la s en sh. Gracias. Disculpe amigo, quiero irme a La Paz, cómo hago. Nadie está yendo a La Paz directo, le toca irse hassta Blablaba y de ahí otro bus a Cochabamba. Y a cuántas horas está Blablaba. A doss horass y media, ahorita ssalimoss. Ya, ya, gracias.
Vamos al hotel, dormimos una noche en Santa Cruz y salimos bien temprano a un pueblo que no recuerdo el nombre pero, como ya se ha leído, lo llamaremos Blablabla. A Blablabla, salimos, a Blablabla sale, gritaban los conductores. Salimos a las ocho de la mañana junto con tres bolivianos más. Llegamos a Blablabla dijo el conductor. Bajamos del carro, abrimos la puerta trasera, mochila grande en espalda, mochila pequeña al pecho. Alzamos a ver y una fila gigantesca de camiones se escondía hasta el horizonte. Camina Juanito, camina, no te quedes. Pie izquierdo, pie derecho, cuarenta kilos en la espalda, cinco quilos en el pecho, camina Juanito, no te quedes. La camiseta estilando, la gorra también. Pasábamos junto a decenas de camiones, los choferes echados en el suelo debajo de su camión, con el codo izquierdo o derecho y la cadera sobre el suelo, las piernas estiradas, como si estuvieran en un parque. Algunos comían sandía, otros jugaban cartas, matando el aburrimiento, ya estaban dos semanas ahí, era imposible pasar para ellos. Dos kilómetros. Pie izquierdo, pie derecho, cinco minutos de descanso. Oiga, me dice un taxista, el puente está lejísimos, ocho pesitos y le llevo hasta allá. De una, maletas atrás. Una decena de bolivianos con palos grandes en las manos nos para. A cómo les está cobrando, pregunta uno de los huelguistas al chofer. Cinco pesitos nomás. Los huelguistas se dirigen a nosotros. Solo páguenle tres, les cobra solo tres, oyó?. El chofer acelera. Ochenta camiones después el carro para, hasta aquí nomás llego, de aquí cruce hasta Blebleble y coja un carro a Bulubulo (nombre original). Lo mismo, camiones, sol de las once de la mañana, pie derecho, pie izquierdo, sudor, un descanso, después dos quilómetros más, Blebleble estaba al otro lado del puente que había sido tomado por centenares de indígenas que estaban marchando hacia Santa Cruz en contra de los asesinatos y a favor de Evo. Banderas llenas de colores colgaban en chozas improvisadas con ramas frescas, manteles en el suelo donde varias indígenas comían, olla grandes sobre el fuego llenas de sopa de arroz, papas y fideos.
Esquivábamos gente, no podía filmar, no era seguro, talvez hubieran pensado que era de la oposición. Cruzamos el puente y Blebleble estaba lejos aún. Descanso pedí yo, descanso aprobado dijo el Juan. Estamos en la mierda, dice el Juan. Esto talvez ni existe en Google Earth, digo yo.
Dos quilómetros más allá estaba el ansiado bus que nos llevaría a Bulubulu. Diez bolivianitos nomás dice el chofer. Una hora después en Bulubulu. Un quilómetros más con las maletas encima, con todo sobre los hombres, nuestra ropa, nuestros libros, nuestra casa.
Por fin, el bus. Cuarenta bolivianos. Directo a Cochabamba. El Juano echado, con los ojos semiabiertos del cansancio. Yo en silencio junto a él. Ñaño?. Qué?. Estoy cansado. Todos estamos cansados, le digo, y en este caso, todos somos solo los dos.
Varias lagunas después, la tarde que se oscurece, pasamos de 465 metros sobre el nivel del mar a 2558. Los estragos comenzaron, el soroche.
Llegamos a Cochabamba y a las once de la noche salimos en dirección a La Paz. En medio de montañas como dientes, escondida bajo el Illimani, hermosa como pocas ciudades. El problema: 3660 metros de altura. Llegamos ahogándonos. El frió se metía bajo las medias, bajo el calzoncillo, bajo la primera chompa, bajo la segunda chompa, bajo el buso, bajo la camiseta y llegaba al pecho desnudo. Salimos deL Terminal a pasos lentos. Un taxi. Al Hotel Torino por favor. Entramos. Cuarenta bolivianos la noche. Listo. Habitación ocho, segundo piso. ¿Segundo piso?, mierda. Subíamos las gradas mientras el corazón rebotaba para todas partes. Cinco cobijas, el sleeping encima. Veinte y cuatro horas después en La Paz. Dormimos hasta las dos de la tarde.
Estábamos mal heridos, yo con principios de fiebre y soroche, el Juano igual. Todo más barato, el frió seco que te quema los labios y te obliga a comprar vaselina en la farmacia más cercana.
Ir al cine es demasiado barato para no hacerlo. Comer bien, a los tiempos, comer solo dos veces al día, como todo el viaje, pero comer bien a fin de cuentas. Caminamos buscando buenos desayunos. Huevos revueltos, juquito, pan de todos los colores, cafecito en leche. Tenedor, cuchillo y cuchara. Le veo comer al Juaneco. Corta los pedazos de huevo con el cuchillo que está en la mano derecha y para meterse la comida a la boca coloca el cuchillo en la mano izquierda y con el tenedor en la mano derecha mastica y traga la comida. Yo no puedo hacer eso le digo. Hacer qué?. Comer así, como vos, haciendo el cambio de los cubiertos, es que mi ñaño me enseñó a comer así, me amarro los zapatos como se amarra el Beto, porqué el me enseñó. Entonces yo me limpio el trasero como mi papá, dice el Juan. De dónde sacaste esa pendejada le digo. Es que mi papá me enseñó a limpiarme el trasero. Hago un escándalo, río a carcajadas, los bolivianos regresan a ver.
Al otro día vamos a Tiahuanaku, un parque arqueológico de más de 2000 años que esconde la historia de la cultura prehispánica más importante de Bolivia. Nos cobran como gringos, tomamos un guía, caminamos con lentitud porque el soroche no pasa. Regresamos en taxi. El chofer en medio del altiplano recoge a un hombre y a una mujer indígena que carga una niña. Me encojo para entrar los tres, el Juano va de copiloto, con el cinturón puesto porque los bolivianos se creen corredores de fórmula uno sin licencia.
¿Es su hijita? le pregunto a la mujer. No, ess mi nietita, ess que la madre ha muerto y me ha dejado con ella. De qué murió, le pregunto. Maldito morbo periodístico. Me explica pero no entiendo, arrastra todas las palabras.
Codo a codo, junto a mi, está Lucio Camacho. Oiga, pero su nombre no es indígena le digo. No se pues, dice, yo nací con ese apellido. Me cuenta su amor por Evo. El ha rrecuperado lass cosass que loss anterioress noss han quitado, less ha dado alimentación a loss niñoss, less subió la pensión a los ancianos, Evo ess lo mejorr que la ha pasado a Bolivia, y a usted le gusta Evo?. Claro que me gusta le digo respondiendo con las mismas palabras que Lucio me preguntó. Es un buen presidente no?. Ess, ess un buen presidente, responde Lucio con la s que se convierte en sh.
Y usted en qué trabaja Lucio?. Hago terrnos, tengo mis vacas, siembro, nosotros debemos ser múltiples, debemos hacer de todo, por eso somos la raza de bronce pues. Oiga, y cuántos hijos tiene?. Doce hijos. Doce?, alzo la voz sorprendido, y de cuántas mujeres. De cuatro, hay que hacer patria dice Lucio. Reímos juntos, el con sus dientes amarillos y verdosos por la coca que mastica, lansando un olor agrio mientras habla. Y usted tiene hijos pregunta Lucio. No, ni uno, todavía no he hecho patria. Manalí, dice Lucio. Qué es eso pregunto. Inútil. Reímos otra vez. Es para hacer rreir, nomás, para hacerr rreir, dice Lucio con su cara café, sus 53 años encima, un mechón de cabello blanco, los ojos semicerrados y unas manos grandes y visualmente duras.
Me quedo pensando un rato en la inutilidad. Mejor ser inútil en esos aspectos reproductivos, al menos por el momento.
¿Y usted habla portugués? me pregunta Lucio. Un poco. ¿Y habla inglés?, Un poco, respondo, hay que ser múltiples no?, como la raza de bronce.
La señora se bajó con su nieta, Lucio algunos kilómetros más allá.
Ayer dormí con fiebre, el Juano preocupado en su cumpleaños 18, yo enojado con mi cuerpo caliente, con dolor de encías por una extraña infección que me molesta al comer y duele todo el tiempo. Ya no estés así ñaño, dice el Juan. Que pendejada, le digo, me enfermo justo hoy que es tu cumpleaños. Son la una de la mañana, el Juan no duerme porque yo no duermo. Quiero estar sano, le digo al Juano que está en la cama acostado pero no enfermo, vos qué quieres?. Quiero que vos estés sano, dice. Quiero el olor de la Rafa.. Quiero verle a mi mami, dice el mayor de edad. Quiero que nadie que quiero se muera. Quiero morirme antes que todos. Me quedo pensando, no se me ocurre nada más. Quiero una pastilla que me cure concluyo. Yo también dice el Juano, quiero una pastilla que te cure.
Dos de la mañana. Me sueno la nariz. Quién habrá inventado el papel higiénico Juano?. No se. Con qué se sabrían limpiar el trasero los romanos, o los conquistadores. Con papel pues, dice el Juano, en ese tiempo ya había papel. Si, pero talvez no había papel higiénico. Simón, talvez. Sería un buen dato saber cuando se inventó el papel higiénico. Si, ríe el Juano, sería un buen dato.
Ñaño?, te sientes todavía mal?. Si. Te has sentido peor antes?. No en el viaje. Y en la vida?. Creo que si. Vamos al hospital. No, no estoy tan grave. Y si te pones más grave?. Ahí si nos vamos al hospital.
Oye ñaño?. Qué. El niño que actuaba en la película que vimos hoy tarde actuaba bien no?. Si, actorzazo el guambra. Debe ser millonario. No creo, porqué debería ser millonario?. Porque actuó en una película. No todos los que actúan en una película son millonarios. Bueno, bueno, pero seguramente el niño tiene plata para ponerse una productora. Ah. Es una indirecta?. No, loco, tranquilo, dice el Juano, con sarcasmo, es solo un comentario. Sabes lo que hago con tus comentarios?, me limpio el trasero.
Quizàs los romanos se limpiaban con eso el trasero, con los comentarios. Me duermo enfermo pero con una carcajada atravesada. Mañana nos vamos al Titicaca.
INFORMACIÓN PARA EL LECTOR:
“El papel higiénico (a veces denominado también rollo higiénico) es un tipo de papel fino que se usa para la limpieza anal y genital tras el acto de ladefecación o la micción. Puede estar perfumado o no. Su formato más común es el de rollo de papel, pero también es posible encontrarlo en paquetes. Se suele vender en mercados, supermercados y farmacias en paquetes de varias unidades.
El papel higiénico o un material con similares funciones ya era conocido en China desde el segundo siglo a. C.,[][] aunque existen ciertas pruebas que mencionan su uso en la historia de la humanidad ya en el siglo VI a. C., en los comienzos de la China medieval”
Wikipedia[]
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