viernes, 17 de octubre de 2008

MANAUS 24 AGOSTO 2008

Me acuesto en una hamaca y veo pasar una española con cara de felicidad. Trato de diseccionarla. Sobrepasa los treinta y trato de analizar esa sonrisa. Despacito casi sin darme cuenta me enojo. Mierda de extranjeros, me digo, ¿qué no tienen otra cara que esa sonrisita casi mal hecha?. Mientras proyecto mis odios abusurdos e inconsecuentes me doy cuenta que yo soy tan extranjero como ella. Sigue sonriendo, hablando con la gente, y me calmo, no es necesario Paúl, ¿para qué enojarse com alguien que ni conoces y que seguramente ni vas a cruzar palabra?. La española hablaba con un joven claramente peruano. Es que la gente vive como quiere vivir, tio, yo no entiendo como la gente es pobre en un país tan rico. El calor impregnado, doscientas hamacas en el barco, el malgenio y la frase de la extranjera para rematar. Me levanté, como siempre, a desquitarme con el Juan, a explicarle mi extraña alergia por los extranjeros que sonrien demasiado, a contarle mi odio por la gente que piensa que la gente es pobre porque le da La gana de ser pobre, le explico mis pequeñas revoluciones internas que creo posibles y el me escucha callado, a veces pregunta.

Dejamos Iquitos a una temperatura de 40 grados. Nos esperaban tres dias de viaje y esta vez estábamos preparados para la mala comida. Un atun para mezclar com el arroz del barco y varias galletas. Esta vez no había que hacer una cola presidiaria para comer, nos pasaban la comida a nuestras hamacas. La primera noche mientras dormía sentí que alguien me movia el mundo, fue como si una persona entrase a mi cuarto y me sacudiera las paredes, la cama y el escritorio. Un policia mal encarado sacudía mi hamaca mientras yo seguía somnoliento sin entender nada. Documentos por favor. Yo aún seguía dormido pero en pie, y mientras me encontraba en esa zona entre dormido y despierto repasé mentalmente mi mochila para ver si no tenía algo ilícito, Chuta madre, el Juan, tendrá alguna pendejada em su maleta?. Ya despierto y con los documentos dejé de lado mi subconciente traficante y entregué los papeles al policia peruano que me miraba sospechoso.

Leiamos casi todo el tiempo y conversábamos de la vida colegial del Juaneco, de sus pequeños odios, de esas cosas que nos hacen hollos y se quedan hasta la vejez, de esas cosas que nos crean alas y desaparecen o se agigantan.

Hablábamos poco con otras personas, hubo varios silencios hasta que un peruano de treinta años se acercó a conversar casi sin decisión. Lo típico, a donde van, de dónde son, que bacán, cuánto cuesta una cerveza allá, como es Ecuador, me llamo Richard, yo Pául, Yo Juan Fernando, Cómo ?. La guerra, algunas risas mal hechas, algunas risas con estómago.

Llegamos el miercoles a Santa Rosa, un conjunto de casas peruanas que tienen al frente de su orilla a dos grandes vecinos: Colombia y Brasil. La triple frontera le dicen. Y otra vez el pasaporte, salimos de Perú después de diez dias viajando, los barcos sucios y carcelarios peruanos se convirtieron em un gran barco brasilero llamado Monteiro. Dormíamos en hamacas pero comíamos lo que queríamos, por la noche música, agua fría todo el tiempo. Mi vecino de hamaca era Don Herman, um peruano que ya vivia veinte años em Manaos. Salió de Perú en el anterior gobierno de Alan Garcia. La cosa estaba brava, uno no quiere eso para sus hijos, tenía plata ahorrada, llegué com mi mujer y mis dos hijos. Al inicio era duro. Nadie me daba trabajo, mi mujer lloraba, para vivir los primeros tiempos mi mujer hacía flores de tela y vendíamos en las fiestas, vendíamos toditu, toditu, decía Don Herman em su español lamido por um portugués fuerte y armónico. Tuvo que vender loteria un año entero, en Perú era electricista y sabía pintar carros. Muchas veces intentó trabajar gratis, pintar refrigeradoras, cocinas, lo que sea. Quería que la gente vea su trabajo. Así me daba a conocer pee. Pero nada, nadie confia en los peruanos hermano, hasta que un vecino mio me dijo que le pinte el carro, yo me había traído um sopletito del Perú y nos pusimos todos a pintar el carrito del médico, yo, mi esposa y mis dos hijos trabajamos hasta que el carro estuvo en cinco dias pintadito, desde ahí hasta ahora hermano, no me falta trabajo, tengo mi taller con siete empleados, mi mujer tiene su tienda de ropa íntima, mi hijo mayor es contador, el otro es médico y el último que nació aquí en Brasil está estudiando mecatrónica.

Don Herman era un hombre feliz, de esa gente que te despierta confianza inmediatamente, medio serio, calvo, con barba canosa, siempre acostado en su hamaca y leyendo "La palabra de Verdade", un libro en protugués que te daba mensajes conservadores y casi republicanos de como llevar tu vida a través de Dios.

Don Herman era una de esas historias novelescas y reales, de lucha y de estar seguros que Dios tuvo que ver con todo lo que ahora tiene.

Tres ahamacas atrás seguáa con nosotros el peruano llamado Richard que conocimos en el barco de Iquitos. Cada vez que conozco a una persona me parece que estoy leyendo um nuevo libro, lo lindo y lo cruel es que hay libros muy malos y hay libros muy buenos, hay libros que te causan terror, furia, excitación y miles de sensaciones diferentes. Creo que toda persona tiene derecho a ser leída pero no todos esos libros-personas nos pueden interesar y los dejamos de lado, nos cansan y aburren. Richard es uno de esos libros aburridos que te obligan a leer en el colegio. Aquí el calor es insoportable y el tiene La necesidad de tocar a la gente para que le escuche, ey, ey, ey dice, mientras me toca el hombro com su dedo índice repetidas veces.

A veces he extrañado ciertos libros en este viaje, ciertas personas que me hubiera gustado leerlas aqui, que vean el Amazonas conmigo, que se encuentren em un barco lleno de gente de todo el mundo, que conozcan a David, un joven argentino que me dio hermosas clases de la historia latinoamericana, que traten de entender el inglés de una alemana llamada Aisha y les explique su teoria de vida vegetariana y llena de dos horas de meditación al dia. Me hubiera gustado que ciertos libros hubieran bailado conmigo en el último piso del barco mientras caía un sol Hollywodense detrás nuestro. Y es que hemos visto tantas cosas con el Juanito, vimos una mototaxi impactarse com la vereda mientras el chofer borracho se levantaba, vimos um cristo musculoso y con cuadritos tatuado en la espalda de un brasilero que se creia um galán de telenovela, vimos um Delfin plomo y rosado cazar peces en un rio donde alguna vez se creyó existía el Dorado, vimos anacondas y lagartos, vomitados y amaneceres. Miles de cosas incontables. Le vi al Juano feliz, feliz de estar en um barco con buena comida. Las letras no alcanzan. Ahora vemos a Manaos, una ciudad que alguna vez fue rica y hermosa. Hace calor todo el tiempo y el Juano está con dolor de estómago por excederse com la comida del barco. Recordamos siempre a un montón de gente y conocemos a nuevos libros que los leemos um ratito y se van. Ùltimamente sonreímos mucho.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Qué lindo aparecer en un comentario! De ser un libro que jamás será leído nuevamente y después lo tenés en tu casa por como 12 días y parece que no se va más.