El río Negro nace al oriente de Colombia, baja hasta Brasil y se encuentra con el Amazonas, este encuentro produce un fenómeno extraño y hermoso. Las aguas del Amazonas, que perecen un gran café con leche, se unen a las aguas negras y rojizas del río que nace en Colombia. Esa unión crea una frontera de agua, una línea que separa los dos colores, un encuentro de dos gigantes que se besan.
Cerca de ese encuentro está la playa de Punta Negra en una zona rica de Manaos. Todos los días varias decenas de personas se sumergen en sus aguas tranquilas y sucias de todos los restos de la ciudad. La música suena alta, como en casi todo Brasil, las mujeres se broncean y los hombres morenos y fuertes flotan con tranquilidad en esas aguas oscuras. Mientras estoy sentado a las orillas de la playa veo a una mujer que a varios metros de mi posición se acerca corriendo hacia dos hombres jóvenes que están flotando lejos de la orilla. Tiene una blusa de algodón que cubre sus grandes senos. Es morena y uno de sus ojos se mantiene cerrado, sus cabellos están mal pintados con un color amarillo opaco. Sonríe y lanza una risa grande y de yena. Los hombres la observan sumergirse, salir, sumergirse, sonreír y salir. Los dos hombres miran sin disimulo los senos de la mujer, ella se da cuenta y no los oculta, ve a los hombre y se esconde bajo el agua. Desaparece, el agua del río Negro es tan oscura que parece una cortina. Otra vez sale de las profundidades la sirena cíclope. Muestra su cola con descaro, ellos sonríen con ojos encendidos. Conversan, de pronto ella les muestra sus senos, ellos se acercan, ella lanza su risa de yena constantemente, les muestra la cola de sirena varias veces cuando se sumerge con esa clara intención. Su ojo sigue cerrado. Ya no son dos hombres, otro más se acerca y sin miedo por detrás toma los senos de la sirena. Ella se aleja un poco. Se acerca de nuevo, un hombre con barba se avecina y ella mira en dirección al centro del hombre y toca su sexo, nada de eso se ve, la cortina de agua esconde sus acciones que son develadas por sus gestos de excitación. Uno de los hombres parece tener vergüenza de la situación y se aleja. Quedan dos que siguen siendo tocados por la cíclope. Hablan entre ellos. Ella parece muda, parece que solo hablara con su risa. Cerca de la playa hay una pequeña península hecha por un gran hotel. Se dirigen detrás de la península, ya nos son dos hombres, tres más lo siguen. Yo miro desde lejos. No entiendo bien que pasa. Solo supongo. Desaparecen. Pocos minutos después los cinco hombres y la sirena cíclope salen del escondite obligados por un trío de policías que no dejaron que se concluyan el acto que yo tan solo supuse.
La lluvia comienza, seguimos en el agua ensayando finales para la historia de la Sirena Cíclope. Nos vamos con los boxers mojados al hotel barato cerca del centro. Dos días después estamos embarcados con dirección a Belem. Otra vez las hamacas, el agua, las dos orillas. Cuatro días de eso, el Juano se queja, yo también pero hablo menos que el de los cansancios y de la mala comida. La música en el barco es constante, las cervezas, el dominó, los pies en las hamacas, las duchas, el café de la mañana, el Juano y sus preguntas, yo de malgenio, el calor, mierda, otra vez agua, los atardeceres hermosos. Una mezcla enorme de felicidades y gastritis hasta que vemos delfines. Un gran grupo nada para nosotros, nos muestran su espalda, su boca, pescan, el Juan en silencio y señalando, diciendo monosílabos. Vale la pena todo el mal viaje por ver esto, digo yo. Por las noches el Juan decide que se va a hacer vegetariano. Su decisión nace de una de mis preguntas morbosas. ¿Cómo es posible que comas carne y al mismo tiempo defiendas a los animales y quieras ser biólogo? Le pregunto. Dices que amas a los animales y te comes vacas que han sido maltratadas, afirmo con malicia. El Juano trata de responder, balbucea, busca una respuesta y esa huye. Estoy seguro que alguien tiene una respuesta, dice con rabia. Es que no me puedo hacer vegetariano concluye el Juaneco, me gusta mucho la carne.
Así pasamos la primera noche. En este viaje no hubo arrestos, en el trayecto Tabatinga – Manaos un hombre pequeño fue esposado frente a toda la tripulación por llevar algunos quilos de coca en su maleta. El segundo día algunos brasileños jóvenes y medio borrachos se nos acercaron para tomarnos fotos, todos juntos, Viva Brasil, amor y paz. Un Gordo brasileño amistoso con pies deformes nos hablaba con velocidad mientras se armaba un porro de marihuana colombiana, más allá un borracho me mostraba la gorra de su equipo de fútbol y me hablaba de su región, orgulloso y seguro que era la mejor de Brasil. En las noches no veía nada, todo era negro, las orillas desaparecían hasta que una tormenta de truenos daba luz a las nubes lejanas. Decenas de personas dormíamos juntos, rozándonos por el movimiento del barco. Agua, hamacas y barco, todo el tiempo, la gente hablando, bebiendo, bailando a veces, jugando, un grupo de evangélicos del segundo piso se reunía junto a una Biblia a gritar en un portugués, para mi, inentendible. Cientos de moscos y catzos ocupaban las maletas y ciertos rincones de las hamacas. En la noche los hombre tomaban cerveza. Y yo ahí, tratando de entender el portugués y tratando que me entiendan, todos amigos, una cerveza, soy de Ecuador, estamos de Turismo, dos cervezas, así se conquista una brasilera, tres cervezas, Yo estudio en tal lado, yo trabajo en tal lado, cuatro, cinco, seis cervezas, Yo toda la plata mando a mis papás, porque yo trabajo para ellos. Así la confianza aumentaba, igual que el basurero donde las latas seguían sumándose. Todos eran trabajadores jóvenes. Emmanuel trabajaba haciendo piezas de televisiones, Ceará matando y cortando vacas, Ronilson en una minera al norte. Las conversaciones se centraban en mujeres y en el trabajo. Ceará ya estaba borracho, me ponía su gorra, me la sacaba, casi me obligaba a filmarle mientras bailaba como robot, me mostraba sus manos llenas de callos y casi con violencia las comparaba con las mías. Esas son manos de estudiante, me decía, las mías son de trabajador, eso se ve, yo no miento, yo trabajo, trabajo para mis papás, la mitad de mi sueldo para ellos y la otra para mi, para la putería
Los días se alargaban, el cansancio también. El Amazonas no cambiaba. Lo mismo, los mismos. Estábamos equivocados. De las orillas comenzaron a salir decenas de votes en dirección a nuestro barco, una mujer remando junto a un par de niños se acercaban remando con fuerza, en otra canoa solo tres niños, en otra dos mujeres, niños de varios colores, oscuros, de pelos negros, otros rubios y morenos, producto de varios encuentros
No solo pedían, algunos niños en sus botes se acercaban mucho al barco, lanzaban una especie de anzuelo gigante y lo enganchaban a una de las llantas que usaba el barco para protegerse de choques. Toda pasaba rápido, los niños solo tenía una oportunidad de atrapar el barco en movimiento y la aprovechaban. Se amarraban y subían al barco a vender plátanos.
Cuando toda la dinámica de lanzar ropa y comida casi acababa oí al Juano gritar y llamarme. Me acerqué donde el estaba y vi a lo lejos una cortina de lluvia que se acercaba con rapidez a nuestro barco donde el sol todavía quemaba los pies. No pasaron ni quince segundos y vimos como esa gran cortina se nos acercaba y con violencia sacudía las hamacas, mojaba todas las maletas, era como ver una gran pared blanca caer sobre nosotros. Todos nos movilizamos para tapar las cosas, cubrir el barco, sonriendo, felices del espectáculo.
Varias horas paramos en Santarem, una pequeña ciudad a las orillas del Amazonas. Mientras arreglaba mi maleta, vi a un hombre colocar su hamaca cerca de la mía. Soy tu nuevo vecino, y ronco muchísimo, me dijo en portugués mientras sonreía. Yo solo hice una mueca de sonrisa y lo vi moverse. Parecía un sapo enorme, tenía la nariz quemada, una gran pansa, pequeño, casi calvo, los pies con juanete, los labios resecos y con fuegos, era una mezcla de anfibio y reptil grotesco. Cuando el barco ya estaba en movimiento se paseaba y cada vez que nos veía decía en un portuñol insoportable, Tequila, tequila, Ecuador, Ecuador. Ese man me da miedo le decía al Juano. Reía fuerte, caminaba observándonos con una lata de cerveza en la mano.
Cuando ya faltaban pocas horas para llegar , el Amazonas se volvió mar, solo se veía una orilla, era como un océano sin sal. El barco avanzaba lento y sacudido por el agua enorme. Estábamos mareados, cansados, ansiosos por llegar. El juano en silencio, yo de mal genio. Hasta que después de atravesar una especie de península vimos a Belem. Enorme, llena de edificios. Nos alegramos, habíamos viajados dos semanas en barco y por fin llegaríamos a tierra para retomar el viaje en bus. Aplaudí, el Juano reía, la gente nos regresaba a ver por el escándalo que hacían mis palmas. No teníamos muy claro que hacer, mi mamá nos había dado el teléfono de una amiga pero no sabíamos ni la distancia, ni donde conseguir un teléfono en esa especie de puerto. El hombre anfibio y sospechoso se me acercó y me ofreció su casa. Y sin consultarle al Juan acepté. Le avisé y en diez minutos estábamos montados en un taxi en dirección a la casa de el tipo que a mi me asustaba y que al Juano le parecía extraño. La casa estaba ubicada en una fabela, cerca de un mercado, sucio, lleno de ratas del tamaño de gatos. El tipo ríe con fuerza mientras hecha insecticida, sus ojos saltones nos observan siempre. Ahora vive solo, se divorció hace tres años y ahora tiene una nueva esposa que en algunos meses le extirparán un seno a causa de un cáncer. El Juano me sigue acusando de confiado. Seguimos sospechando del tipo que se llama Lusibaldo. Seguimos haciendo historias de venta de corneas y órganos. Pero estamos ahorrando en hotel. Mañana salimos para Salvador de Bahía, 33 horas de bus.
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