Una mototaxi rojiza de tres soles nos llevó al lugar. Por fuera se veía una casa vieja, una mujer gorda estaba sentada afuera. Los pies maltratados, uñas mal pintadas, cara de nada. Mientras entrábamos se oían gritos de hombres. Me sentía como un soldado romano preparado para entrar a pelear con un gran león. Son tres soles, dijo una mujer menos gorda pero con la misma cara de nada de la primera y mató mi aventura romana. Una plaza circular pequeña pintada de amarillo y azul sostenían a un gran grupo de hombres que vociferaban groserías y alzaban las manos con cada golpe de los gladiadores que estaban en el medio del ring.
Con desconfianza buscamos un lugar donde mirar la masacre. Ya estaban golpeándose, se pisaban, se torturaban mutuamente, y era normal, su vida dependía de eso, su vida estaba siendo apostada. Los hombres enfurecían cuando su peleador recibía un golpe. Pelea carajo, pelea pendejo. Dale, dale. No se vaya mijo, no se vaya. Quédese quieto. Quietito. Quietito. Los contrincantes parecían no agotarse. Ya había sangre, la alfombra donde posaban sus corpulentas patas estaba decorada con pequeñas gotas de sangre de anteriores combates. El juez observaba concentrado. Un borracho ladraba sinsentidos. Alzaba los brazos. Escupía, golpeaba el contorno de la arena. Le voy mil, gritaba, le voy mil. Pendejos jueputas. Le voy al seco. Le voy al seco. Un hombre bien bañado y menos borracho que el “borracho” se levantó furioso. Hablaba más con las manos que con la boca. Cállate borracho pendejo. Si ni siquiera tienes los mil. ¿Qué no tengo los mil?, ah? ¿Qué no tengo los mil?. Toma tus mil pendejo. Sacó de su bolsillo un gran fajo de billetes rojos y verdes y los lanzó cerca de los gallos que se estaban matando casi sordos, casi bravos, casi muertos, casi tuertos. El juez se levantó con violencia y apartó con la voz al borracho. Los billetes no se movieron del piso hasta que a uno de los gallos no le importó ni su dueño ni el dinero que varios hombre habían apostado por él y corrió. Los hombres gritaban con la garganta abierta y desnuda. Gallo maricón. Mierda. Ese es mi gallito, carajo, decían los ganadores.
La primera pelea había terminado y yo tenía una adrenalina extraña. Una sensación de muerte. No veía dos gallos, veía dos hombres luchando con sangre, abrazándose de cansancio, queriendo que todo acabe. Pero yo quería seguir viendo. Mis dientes chocaban unos con otros. Mis manos se apretaban. Quería otra pelea.
Un gallo de cola verde entró al ruedo. Un blanco con ciertas plumas negras entró después de pocos minutos. Los dueños los sostenían con cariño. Los acariciaban. Los mimaban. Les hablaban. Los gallos se acercaban trasportados por sus dueños y se daban golpes pequeños en la cabeza como para provocarse. Todo listo. Los jueces listos. El público hacía sus apuestas. Le voy diez al blanco. Le voy veinte al rojo. Juega. Algunos niños también apostaban. El pacto era entre dos. Se doblaban las apuestas. Las cervezas eran bebidas. Los tabacos casi tragados. Los nervios mezclados con la alegría encendían el amarillo de la plaza. Los gallos comenzaron a matarse. Un pico en el cuello. Un espuelazo en el pulmón. Los gallos saltaban. A veces parecían cansarse. A veces parecían odiarse. La pelea duró poco. El gallo rojo dio un espuelazo en el cuello descubierto del blanco. Se agitó. De pronto estaba de espaldas con las patas al aire. A punto de morirse. El gallo asesino se quedó quieto. El otro moría lentamente de bruces en el suelo. El dueño se acercó con una sonrisa de pena. Los insultos continuaron y la alegría también.
Otra pelea comenzaría y el Juano estaba a mi lado con cara de asustado. Su amor a los animales le impedían disfrutar de todo el espectáculo con título de sangre. A mi lado estaba un joven en silencio. Parecía triste. Le pregunté sobre las apuestas y los gallos. En seguida me dio una gran explicación de todo ese mundo. De las apuestas. De los gritos y sus significados. Sin saber porqué me estaba enseñando en su celular la foto de su hijo y de su hermana y contándome lo jodido que estaba. Uy hermanito. Embaracé a una menor de edad. Los padres me quieren casar. Pero yo quiero terminar mis estudios. Tengo un hijo de cuatro años que está con su mamá en Lima. El está bien pero si la mamá se entera me jodo. No ve que ella me paga los estudios y todo. Ustedes de donde son?. De Ecuador, estamos de turismo nomás. Apuéstele a un gallito, yo le aseguro que gana, diez solcitos nomas pee. Juano?. Que. Tienes diez soles?. Si, toma.
Se levantó a apostar por un gallo rojizo. La pelea duró poco. Nuestro gallo no quiso pelear y escapó a los poco minutos. Perdimos diez soles. Así es con los gallos pee, a veces se gana a veces se pierde. Así es también con la vida pensé yo. Lo bueno es que no depende de unos gallos.
Se llamaba Darío. Tenía una gran sonrisa y una cara morena como casi la mayoría de esta región. Fuimos juntos a ver a la sensación de Iquitos, un grupo de cumbia llamado Explosión. Mientras cientos de personas bailaban y bebían, él nos explicaba como conquistar a una mujer peruana. Sencillo, decía, Ustedes van bien vestiditos, un buen polito, buen pantalón. No se piden cerveza sino vino. Ven a la chibola que les guste y la miran. Disculpe señorita, le dicen, soy ecuatoriano y viajo por negocios y quiero casarme con una peruana. Listo. Después le dicen que trabajan en una gran empresa de Ecuador. Dime una empresa grande de Ecuador?. No se, Pinto, dije yo. Listo. Yo soy gerente general de Pinto en Ecuador, le dices, es una empresa grande, los empleados ganan 1.000, 2.000 dólares, pero yo gano poco, unos 10.000 dólares nomás. Ya pee, la chibola se va a volver loca, después le llevas a comer, y después ya pee..el resto ya no se lo explico.
Con el Juan reíamos. Nos levantábamos de la mesa para poder dar carcajadas con tranquilidad. Las aventuras de Darío no pararon hasta las once de la noche. Nos contó de cuanta plata gastaba en putas. De su primera relación sexual con una vieja a cambio de un celular de 600 soles. Prácticamente me violaron, contaba ruborizado Darío.
Mi manía de saber los planes de la gente hicieron que le pregunte que haría en el futuro. Para ser sincero, me dijo el Darío, y va a sonar muy cobarde, pero es la verdad y uno la verdad tiene que decirle. Yo acabo mis estudios y me escapo hermano. Me voy pa Trujillo y desaparezco.
Nos despedimos del Darío. Anotamos su mail. Últimamente después de conocer a alguien nos quedamos con dos cosas. Una enorme cantidad de palabras y el mail.
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