El Papá Rafael fue siempre bueno conmigo, no era mi papá, es cierto, yo no tenía su apellido, ni siquiera un poco de sus facciones, era el esposo de mi mamá, pero para mi era mi padre.
Recuerdo sus manos de bloque, duras y llenas de callos, le veo sentado pelando choclos con sus gafas de aviador.
Nunca ni siquiera me vio mal, nunca se atrevió a tocarnos ni a mi ni a mis hermanas, eso si, le daba unas pisas a mi mamá que le dejaban los ojos hinchados como tomates rojos por el llanto y morados como berenjenas por los golpes.
Nunca le tuve rencor por eso, quizás mi madre se lo merecía
Mi marido también me pegó, una sola vez, esa fue suficiente para que yo me largue de la casa y me venga a vivir con mi guagua en la casa del Papá Rafael. No quería que ese desgraciado me siga pegando, así que antes que mis ojos y mi cara se hinchen a diario en presencia de mi guagua, me largué.
En ese tiempo mi Juan tenía ocho meses, que lindo que era ni se imagina, tenía los ojos grandotes, las manitos gordas y una nariz respingada, el pelo lacio, lacio como cola de caballo.
Cuando vivía en la casa de mi mamá no hacía mucho, hacía la comida, barría la casa, el Papá Rafael no me dejaba trabajar, que no era necesario decía, que con la plata que el ganaba alcanzaba para todos, que bueno que era, que pena que se haya muerto así de feo, ¿nocierto?
Yo le daba el pecho a mi Juan todo el tiempo, ese niño no dejaba de tragar, me hacía doler los senos como no tiene idea, mis senos estaban tan grandes que hasta me salieron estrías, parecía tigre me decía mi hermana. Ya no aguantaba el dolor.
Papa Rafael sabía todo. Una tarde llegó con un perrito runa y una peinilla de cacho de toro. Péinate los senos me dijo, péinate con esa peinilla y después haz que este perro te quite la leche.
No dije nada y le hice caso, me froté la peinilla sobre los senos. Más fuerte, me decía el Papá Rafael, si no no sirve. Después me pasó el perrito, al comienzo me dio asco, el cachorro se abalanzó sobre mi seno izquierdo mientras mi hermana le tenía a mi Juan.
El perro no paró de succionar. A veces con sus pequeños dientes me hacía doler, yo solo le veía al perrito, a mi hermana, a mi Juan y al papá Rafael. Ponle en la otra teta. Cojí al perro y le quité, el perro desgraciado se tuvo fuerte. Eso si me dolió, sentí que un pedazo del pezón se fue en el hocico del animal. Sangré un poco y lancé al perro al suelo. El Papá Rafael cogió al animalito. Yo lloraba. Ni se imagina como me dolió. Un seno me quedó más grande que el otro. El uno chupado y el otro lleno, inflado de la leche de mi Juan.
No se puede quedar así dijo mi hermana. Otra vez el perro en mi seno derecho, otra vez esa sensación de pequeños dientecitos en mi piel. El cachorro se acabó la leche. Papá le retiró y le sacó de la casa.
Ves, me dijo Papá, no pasó nada. Una semana después se murió como vivió, borracho. Fue una muerte estúpida, con mucha pena y nada de gloria. Se resbaló en las gradas de la casa. El doctor dijo que no había ni sentido, que se le desencajó la tapa de los sesos. Raras palabra, desencajar y sesos, no cree?
Ahora mi guagua ya está grandecito, en quinto grado está. Yo?, tranquila, sin marido se está mejor, un viejo que vive en la otra cuadra quiso que me una, mejor no, mejor sola. Ni tanto sola porque le tengo a mi guagua.
Bueno, permisito, ya ha de venir mi mamacita señora Clarita, es que tengo que parar las ollas para la merienda.
1 comentario:
Sabes, me fascina como escribes. todo es tan pintoresco y tan apegado a nuestra realidad ecuatoriana, de verdad escribes muy bien. Felicitaciones ya he leido todos tus cuentos y son geniales
Gaby V.
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