A Carlos en el trabajo le dicen Don Carlos, su mujer le dice Renegrido, su hija Papucho, su hermano Negro, sus amigos más cercanos Carlitos o Carlingas, su mamá le dice Negrito, por mail le llaman Estimado Sr Boada y su amante le dice Pisselino.
Este apodo se debe a que Yadira, la amante de Carlos, vivió un tiempo en Italia haciendo una maestría en finanzas y algunas de sus amigas llamaban a sus novios Pisselino, que si traducimos al español, quiere decir Penecito.
Y no es que Carlos tuviera el pene pequeño. La primera vez que se midió, a los diez y siete años, vio que su pene llegaba hasta el número quince de una regla transparente. Después de esa ocasión nunca más lo hizo. Años después, en una revista, leyó que el tamaño del pene del ecuatoriano promedio oscila entre diez y catorce centímetros, dato que le pareció agradable.
Carlos conoció a Yadira en el trabajo, un día la vio entrar a su cubículo con su jefe. Carlos, dijo el jefe, te presento a Yadira Guevara, le reemplaza a la inútil de la Camila. Yadira hizo una sonrisa que más parecía una mueca, Carlos se levantó, acercó sus labios a la mejilla derecha de su nueva compañera y dio un beso sonoro.
A Yadira ese pequeño acto le encantó.
Dos meses después Carlos llevó por primera vez a Yadira a un motel de trece dólares. Una semana antes se habían besado en el carro de Yadira y ahora estaban desnudos en un cuarto con espejo en el techo. Carlos después de terminar el acto se recostaba y se veía al espejo, desnudo, solo con el reloj y las medias, aliviado, siempre pensaba en su esposa y en su hija, no con remordimiento, con cariño.
La dinámica era la misma, los jueves o viernes en la tarde se iban en el carro de Yadira al mismo hotel de trece dólares, a ella no le gustaba que Carlos la desnude, no estaba contenta con su cuerpo, sentía vergüenza que otros la vean, soy demasiado gorda se decía al verse al espejo, estoy sola y soy patética, soy una mujer ridícula, ya me pasé de los treinta y sigo sola, maldita quiteneidad, maldita necesidad de casarse, tener guaguas, perro, Chevrolet a plazos, una refri blanquita, unas pantuflas de perritos, depilarme las axilas, la menopausia que ya se viene y mi útero vació, quizás siempre vació, ni un esperma dentro. Pero le tengo a mi Pisselo, a ratos, pero lo tengo, no es mío pero le tengo igual, si fuera mío lo destruiría, como todo.
Carlos, cuando llegaba tarde le decía a su mujer que había estado donde su mejor amigo el Lucho, que la batería del celular se había acabado y por eso no contestó, que hubo un accidente de tránsito, que en la oficina había mucho trabajo, que una sobrina de un amigo se había intentado suicidar tomando diablillos porque se quedó embarazada y el era el único que podía llevarle a un hospital.
Las mentiras eran variadas, como el amor por su esposa, con pasmos repentinos de cariño, de caricias íntimas.
Una de esas tardes de motel, Carlos decidió bañarse. Entró al baño totalmente desnudo, se quitó el reloj y las medias, le dio asco pisar la baldosa, tomó una funda plástica que estaba ahí y la colocó en el piso donde caía el agua. Abrió la llaves, esperó que se caliente, tanteó la temperatura con un pie, cuando creyó que el agua ya estaba tibia poco a poco metió su cuerpo debajo del agua. Se sintió en paz, como si todo iría bien, como si la Yadira, su esposa, su hija, sus amigos y su familia fueran para siempre. Eso pensó por un rato, todo está bien, mi esposa está viva, la Yadira me ama como una colegiala enamorada, mi hija es linda e inteligente, mis padres aún no han muerto, todo es perfecto se dijo así mismo. Se relajó, cogió entre sus manos un jabón empacado del motel, abrió la envoltura con los dientes, como la había hecho con un preservativo, apurado por penetrar a Yadira, suavemente pasó el jabón blanco y pequeño por todo su cuerpo.
Esa noche llegó su casa totalmente seco, le dijo a su mujer que tuvo que quedarse en la oficina porque había mucho trabajo y que además el tráfico de Quito era cada vez peor. Su esposa le creyó. Carlos se sentó en el comedor de la cocina, habló con su hija mientras esperaba por la comida que cocinaba su esposa. Llevó a la niña a la cama, prendió la televisión, se puso el pijama y entró en la cama. Su esposa se acostó minutos después. Se quedaron en silencio durante todo el noticiero. Apagaron la televisión. La mujer se acercó un poco a Carlos, lo abrazó, se quedaron frente a frente y se dieron un beso corto. Apagaron las luces. La mujer sintió una patada en el estómago y se acercó a oler la espalda de Carlos. Prendió la luz con velocidad. Eres un hijueputa Carlos, un maricón traidor hijueputa. Carlos se bajó de la cama. De qué hablas, preguntó a la mujer. Hueles a jabón chiquito, hijueputa, gritó la mujer, hueles a jabón chiquito. No entiendo nada, repitió Carlos varias veces, qué es eso de jabón chiquito. Es jabón de motel, pendejo, eso es lo que es, hueles a jabón de motel poco hombre, desgraciado.
Carlos comenzó a llorar inmediatamente, como si todo se hubiera caído de pronto, su mujer, su amante, su hija, sus padres y sus amigos.
3 comentarios:
Yo le hubiera dicho a esa huevona: "Y tú cómo sabes el olor del jabón de motel, si nunca te he llevado a uno???"
Ah.........
jajajaj!
Concuerdo con anónimo. Ella cómo sabe que el olor a jabón chiquito, me pregunto yo...
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