La casa no era muy vieja, era ese tipo de construcciones que por falta de recursos se había quedado color bloque y que desde fuera se veía colgada una sábana como cortina. La puerta era de metal, y por cierto era la única puerta, cosa que molestaba mucho al adolescente de la casa, quien tenía que esperar a la madrugada para poder masturbarse con tranquilidad sin que su hermana, con malicia, lanzara un shhh nocturno. Esta única puerta tenía dos candados, por eso de los robos. El suelo era liso y plomo, otra vez por falta de recursos, las paredes eran de un blanco estuco. Olía a humedad mezclada con sopa de acelga y salchichas baratas con sabor a harina.
Tres cuartos, dos baños, estos con unos plásticos negros para poder defecar en paz. A pesar de los plásticos los olores del baño se mezclaban con el olor a comida que la abuela preparaba para el desayuno, el almuerzo y la merienda.
La casa también tenía una sala que era al mismo tiempo comedor donde casi una quincena de personas se juntaban alrededor de la sopa de timbushca una vez al mes. La familia llegaba de todas partes, algunos de Carcelén, otros de Cotocollao, algunos de los valles, otros del centro, en grandes fiestas incluso llegaban de Ibarra, Guayaquil, Latacunga y de Macas.
La dinámica era siempre la misma. Domingo, fútbol, hombres frente a la televisión, mujeres en la cocina ayudando a hacer la timbushca, niños y niñas entrando y saliendo de la casa al parque, a la tienda, a pedirle achiote a la vecina, jugando a “último cierra la puerta.”
Después de la sopa de timbuscha y arroz con carne al jugo uno de los tíos sacaba una botella de trago. La abuela lavaba los platos mientras hombres y mujeres comenzaban a beber. Cuando la abuela terminaba su labor se acercaba y ella solita se servía. Ponte una chichita, decía una tía, ya harán bailarr decía otro. Uno de los tíos, “bien mandado”, ponía las cumbias. El baile comenzaba, el trago era repartido en una jarra de vidrio donde era mezclado con cola negra. Después de un cd remix de cumbia, algunos ya pedían algo más “bebible”. Otra vez el “bien mandado”, ponía Carmencita Lara. De la radio salía una voz chillona. “Amigo, porque tomas tanto, porque acabas tu vida con esa mujer”, decía Carmencita acompañada de algunas guitarras. Hijue madre, decía la tía que pidió la canción, esto si es música carajo, se acercaba al tío de la jarra de trago y se servían.
La música sonaba fuerte, algunos niños jugaban cerca de los adultos ya medio borrachos. Mijito, mijito, llamaba un tío a uno de los niños. Mande tío. Vaya a la tienda y traiga una de Norteño y media de Lark. Pero no me vende tabacos la de la tienda tío. Como nof pues, dile que te mando yo. Bueno.
El niño se acercaba a sus primos y primas y todos iban juntos a comprar. Que dice mi tío que le mande una de norteño y una de Lark. Corrían, uno con la botella en la mano, una niña con los tabacos en el bolsillo y los otros con sus manos libres. La carrera era de dos cuadras. Último cierra la puerta, último cierra la puerta. Siempre el Miguel, el mas lento, el que siempre llegaba último en las carreras de la escuela, o el que de plano no llegaba porque, según el profesor de educación física, andaba cazando conejos.
El Miguel cerró la puerta y vio al resto de sus primos y primas repartirse el vuelto que el tío ya borracho les había regalado. Se acercó y pidió su parte. Nada menso, para que llegas al último. Miguel intentó luchar por su dinero, no sirvió de nada, eran demasiados. Se alejó de todos los niños y atravesó piernas de adultos que ahora tomaban un nuevo trago y escuchaban a Segundo Rosero. “Cuando quieras hacerle feliz al ser que tu amas, cuando sientas cariño y afecto por los que prefieres, dícelo, demuéstralo, demuéstralo ahora”. Ya casi no bailaban, se movían al compás de las trompetas de la canción, algunos abrazados de pie, otros en el sillón casi gritando. El Miguel logró cruzar la docena de piernas tambaleantes, mientras lo hacía, vio a sus padres abrazados y borrachos.
Entró al cuarto grande, encendió la luz y vio a su primo de tres meses acostado en la cama y con los ojos abiertos. Se acercó con lentitud y se acostó junto al bebé. Siempre que se acercaba a niños pequeños le venía una sensación extraña. Ganas de apretarlos, estrujarlos, abrazarlos con fuerza hasta que dejen de respirar. Miguel se avergonzó de pensar en eso y amarcó al niño que miraba a todos lados.
Lo sacó del cuarto a la sala. Lo paseó a través de las piernas. La abuela hablaba con uno de sus hijos, tenía una mano sobre el hombro de su hijo, la boca muy pegada al cachete como si las orejas estuvieran ahí. Los padres de Miguel ya no estaban abrazados, parecía que discutían. Miguel llevó al bebé a la cocina, después, con dificultad, abrió la puerta y vio a sus primos jugando a las cojidas. Algún tiempo se quedó observando la calle con el niño en brazos quien tenía puesto un conjunto verde que lo envolvía la cabeza, las manos y dejaba ver solo la cara.
Entró nuevamente a la casa y Segundo Rosero seguía cantando acompañado de requintos. “Yo bebo de esta botella, trago amargo que envenena, yo bebo de esta botella, trago amargo que envenena, yo tomo para olvidar, pero no curo mis penas”. Miguel acercó al bebé al espejo de la sala. Que lindo el bebé, que lindo el bebé, decía con voz alentada y tierna.
El niño se miraba fijamente al espejo. La abuela gritó. Miguel, quítale al guagua del espejo, quítale al guagua, no ves que sino se come la caca. Hubo silencio y uno de los primos preguntó. Cómo es eso abuela, de qué está hablando pues. Que se come la caca, te digo, si los guaguas se ven al espejo se comen la caca, dijo la abuela con voz lenta y con la cabeza de un lado al otro. Todos rieron, ay la abuela, sale con cada cosa. Miguel, mientras la abuela habló, no dijo nada, retiró al niño del espejo y dejó la sala donde las risas continuaban. La abuela caminó de espaldas hasta tantear el sillón y se lanzó con brusquedad. Se quedó sentada observando como Miguel entraba al cuarto grande. Se durmió.
Con los brazos adoloridos, Miguel dejó al niño en la cama. Lo vio y el niño tenía la mirada en todas partes sin tomar en cuenta a Miguel. Salió del cuarto y se acostó en las piernas de la mamá que ahora hablaba con su hermana.
Dos discos después uno de los tíos entró al cuarto grande para buscar tabacos. Gritó. Vio al bebé acostado, con la boca abierta, la cara morada y embarrada de caca.
3 comentarios:
Claro, como no acordarme las tipicas fiestas de los parientes que terminan borrachos, los guaguas como siempre jugando a correr y uno que otro se cae y raspadas las rodillas... como te lo dije, bacán tu forma de contar cosas del cholerío jeje, sin ánimo de ofender a nadie ni a mi misma ja... buen final, impactante!... aunque por un momento creí que no terminaría así, al final de cuentas las abuelitas siempre creen en esas cosas...
Quería hacer un comentario original... luego se prestan para comentarios ja... viva el resentimiento con la Carlita!! ja ja... me gustó tu cuento... fin
Me gusta mucho la manera como describes cada detalle de la humilde casa y de la fiesta: una vez más, su sorprendente final que sin ser espectacular, constituye el cierre perfecto. La abuela representa la omnipresencia debilitada de una autoridad por encima del "bien" y del "mal", el trago es como la sangre de esta pequeña sociedad, la música el arte popular que es esencia de las sensibilidades de todos y la mierda el combustible que enciende la hoguera del mundo construido por tu relato.
de cierta manera , me has transportado a mi infancia de nuevo...
Publicar un comentario