sábado, 18 de octubre de 2008

SÃO PAULO 12 DE SEPTIEMBRE DEL 2008

Cuando nos despedimos de Lucibaldo em Belem nos fuimos tranquilos, el dándonos explicaciones del precio del bus y de lo ladrones que son los cariocas. Nos dimos la mano sin gracia, un abrazo no existió, fue como si el se hubiera hartado de nosotros porque no fuimos lo suficiente extranjeros simpáticos como el pensó. Su vos grotesca raspaba la garganta que salpicaba cerveza no tragada. Nos fuimos de Belem. Otras treinta horas de viaje y Salvador de Bahía estaba ahí, hermosa, en la costa, llena de Capoeira y playas. Llegamos a Pelourinho, el centro de la ciudad donde hace muchas décadas los negros eran vendidos y castigados hasta que se abolió la esclavitud en 1888, más de cuatro millones de negros y negras habían llegado a Brasil. Cazados como manadas, traídos desde el centro de Africa, obligados a cambiar de nombres y de religión.

El dueño del hotel donde estábamos era Don Tomé, un mulato grande, gordo y viejo. Vos gruesa, manos duras, sonrisa constante. Su abuelo había sido esclavo. Uno de los negros que estuvieron en el proceso de transición a la declaración de libertad. El abuelo de Don Tomé recibió su libertad, con muchos hijos encima y sin casa, la libertad se convirtió en prisión. La mayoría de negros quedó en la calle. Sin dueños pero también sin trabajo y comida. Un gran número, incluido el abuelo de Don Tomé, regresó con sus antiguos amos, a trabajar en lo que ya sabía. Otros negros se fueron a invadir tierras y formar Quilombos, espacios de negros libres o huidos.

En el hotel solo estaba Don Tomé, el Juano y yo, no había luz, los cuatro pisos de la casa de más de dos cientos años asustaba a la luz de la vela que Don Tomé nos regaló. El trabajaba reconstruyendo el hotel, cortando tablas, clavando, nosotros mirando y preguntando. Don Tomé hablando de la libertad de su padre. Yo nací libre le dijo el padre de Don Tomé, pero uno debe saber que se hace con la libertad. La libertad, la libertad. Está en la cabeza, susurraba Don Tomé, igual que la religión, todo está aquí, se picaba la frente con el dedo índice. Y el Condomblé también? Preguntaba yo. Claro, el Condomblé también está en la cabeza.

Cuando negros y negras desembarcaron a Brasil llegaron con sus nombres, con dos meses de viaje en barco y con su religión. Pero los portugueses se la negaron. La fuerza de la opresión los obligó a aceptar el catolicismo pero la fuerza de sus creencias hizo que estas dos religiones se sinteticen. Para que los portugueses no se den cuenta, los negros le pusieron nombres bíblicos a sus Dioses, sus orishas se convirtieron en santos católicos, la Diosa de la tierra pasó a llamarse la virgen María. Así nació el Condomblé, una fusión que se practica hasta ahora en Salvador. Era necesario vivirla.

Conversamos con varias personas para saber donde hacían reuniones de Condomblé, a la final un taxista sabía, se llamaba Augusto, un negro con barba y alegre creyente de esta religión negra.

Estábamos sentados, el Juano admirado por el radio de dos mil dólares de Augusto. La samba a todo volumen, los edificios se hacían fabelas. Y en efecto, la sesión se iba a dar en una fabela. Mientras cruzábamos la calles llenas de personas, Augusto nos contaba como hace algunos días entre esas calles se había dado un tiroteo. Pero ya se calmó porque antes de ayer le mataron al jefe de una pandilla, decía Augusto. Yo vivía aquí, a la vuelta. Este barrio es peligroso, había un tipo que me robó tres veces el carro, hasta que una vez le encontré tratando de robarme y le metí tres tiros, le dejé en la calle, me fui a mi casa con el carro, me lavé las manos y no pasó nada, la policía nunca se enteró, si le hice un bien al barrio, ese tipo tenía diez y siete años y ya había matado a tres.

Llegamos a una casa de la fabela, blanca por fuera. Augusto nos presentó. Nada de fotos, nada de cámaras dijo un joven. Entramos a una sala grande, las puertas estaban cubiertas de paja, el suelo lleno de hojas frescas, varias banderas de Brasil colgadas en las paredes, un gran asiento en el medio hecho de madera donde estaba una negra vieja vestida de blanco. Las mujeres a la derecha y los hombres a la izquierda. Entramos, otras personas detrás nuestro también, varios niños, varios jóvenes y viejos. Tres tambores grandes en una esquina, varios jóvenes preparándose. Esperamos media hora, hace poco habíamos almorzado. De una puerta en la esquina entraron una decena de mujeres y un hombre. Los tambores comenzaron a ser golpeados bajo un cielo de papel blanco y hecho mechas. Las mujeres y el pequeño hombre formaron un círculo, cantaban, giraban, pies descalzos, hombro a la izquierda hombro a la derecha. La música no paraba ni un momento, apenas terminaba una canción había una pausa de la voz, los tambores seguían, un joven daba el inicio y se continuaba cantando un ritmo repetitivo. Pasaron un par de horas, la misma dinámica, gente viendo desde las ventanas, gente sentada alrededor del círculo que bailaba al ritmo de los tres tambores y de unas tablas que niños hacían golpear. El Juano cansado. Yo con hambre. No pasaba nada. Solo vueltas, solo giros, solo música, cabeza abajo, sacudir el trasero, mover la cabeza, cantar.

Tres horas, una mujer parecía atrancarse, parecía escupir, desmayarse. Augusto me explicó mas tarde lo que pasó. La mujer había sido invadida por un Orisha, todos tenemos uno pero los negros tienen más condiciones para recibirlo me explicó. La mujer salió, ayudada por otras negras. Minutos después, el pequeño hombre del círculo estaba gritando, como si tuviera algo en la garganta que necesitaba que salga, como borracho, como mareado. Las mujeres gritaban, otros aplaudían.

 Otra vez el círculo, lo mismo. Media hora después la mujer y el hombre que habían recibido a los orishas entraron vestidos con telas de leopardos, coloridas. Iban acompañados de un gran negro que sostenía una espada de madera que casi superaba su tamaño. Fumaba un habano, saludaban a la mujer que estaba sentada en la gran silla de madera. Los hombres se acostaban ante ella, pegando su sexo al piso, rozándolo. Las mujeres se acostaban, topaban un lado de la cadera con el suelo y después el otro, la saludaban, besaban su mano.

El círculo no paraba, los tambores, el grupo de los orishas se turnaban para bailar y tomar la pauta de las canciones. Eu foi pequeninino, eu bese papai, eu bese mamai Eu foi pequeninino, eu bese papai, eu bese mamai, sonaba una de las canciones.

 Un viejo sentado cerca nuestro se agitaba sobre su silla. Tenía un orishá en su cuerpo, le quitaron todas las cosas que tenía en los bolsillos. Salió por la puerta acompañado de varias mujeres y gritando.

 Kinsha, kinsha. Me dijo el gran negro del habano mientras me levantaba del asiento para que lo saludase. Mi hombro derecho topando su hombro derecho y así con el izquierdo. Una mujer repartía maní, cola, pastel.

Después repartieron un licor suave, todos juntos, todos gritando, llamando a los caboclos, a los orishas.

Ya cuando estaba oscuro en la fabela llegó Augusto, nos sonrió, no nos despedimos de la gente, los tambores seguían, no podíamos interrumpir. En el taxi Augusto hablaba de los evangélicos y sus constantes ataques verbales hacia el Condomblé. ¿ Alguien te pidió plata en el Condomble?, no, respondí. Los evangélicos te piden, nosotros damos comida, todo es gratis.

 Llegamos al hotel de Don Tomé, a oscuras, a la casa vieja donde hace dos cientos años habían dormido varios esclavos debajo de nuestros pies. El Juano asustado, los dos juntos para ir al baño, juntos para lavarnos los dientes. Asustados de esa casa vieja. A oscuras pensaba en los caballos de hace dos siglos que algún día estuvieron en esa casa, los grandes hacendados, sus hijos vestidos de seda, los negros trabajando, con apellidos falsos, pegaditos, hombro con hombro.

Salimos de Salvador hacia Rio, veinte y ocho horas de bus, el cansancio, la mala noche. Rio de Janeiro enorme al llegar, hermoso con los días y las caminatas, museos, playas, el corcovado, el metro, el Juano feliz por el partido Brasil – Bolivia. Los dos cantando una canción de Piero en unas sillas de un centro comercial esperando para ir al cine.

Ahora estamos en Sao Paulo, edificios y gente, lo de siempre. Esperando el bus que nos sacará de Brasil. Brasil negro, baile, verde, delfín, ombligo, agua, sol rojo, senos, traseros, pies cansados, el Juano cantando, los dos escuchando Audio Slave en un bus de Rio mientras veíamos Ipanema y Leblón. Ya estamos de regreso.


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