jueves, 6 de noviembre de 2008

GENERAL TROLL

Lo recuerdo claramente, era mulato, flaco, con pies grandes, manos fuertes, con cuadritos en el estómago. Recuerdo como arrastraba las erres para hablar. Lo veo haciendo los deberes de la escuela, veo a mi mamá corrigiéndole la forma en que hacía sus número uno. Geovanny tenía tres años más que yo. Asistía a una escuela donde usaban un uniforme concho de vino. Estaba aprendiendo a hacer los números y el se empeñaba en llenar varias hojas de números dos, de números tres y así cada día. Mi madre lo regañaba por sus números uno, le decía que no debía hacerlos como una casita. El parecía que lo hacía apropósito y continuaba haciendo los unos como una especia de A sin el palito del medio.

Alguna vez nos bañamos juntos, yo con vergüenza lo hice en calzoncillo. Cuando vio que no me quitaba mi ropa interior el tampoco lo hizo y los dos nos bañamos en silencio, bajo una ducha eléctrica que hacía que el agua en ciertas ocasiones caiga llena de corriente sobre nuestros cuerpos. El me empujaba sobre la llave de agua metálica y una pequeña cantidad de voltios recorría mi espalda. Solo reíamos, jugábamos a lo que pueden jugar dos niños entre los seis y nueve años.

Yo tenía varios muñecos, una especie de diablo anaranjado que cuando lo uniformaba con plastilina se quedaba con residuos en la boca, un Batman “Forever” lleno de accesorios para volar, un Troll vestido de Caballero que según el amigo que me regaló se llamaba Sid Troll, también tenía un Superman, un hombre con calzoncillos rosados que era luchador, según la caja donde estaba guardado en la juguetería, se llamaba Rick Martel. El mejor entre todos era el General Troll, un muñeco de pelo celeste intenso vestido de militar que luchaba constantemente con Sid Troll y lo vencía siempre.

El Geovanny también tenía sus juguetes. No los recuerdo pero a veces los juntábamos y hacíamos grandes historias. Los dividíamos entre buenos y malos, los muñecos atravesaban la cocina, la sala y los cuartos como si fueran mundos diferentes, algunos volaban, unos eran mas fuertes que otros. General Troll era el jefe, junto con Rick Martel y Batman eran los buenos, el resto de muñecos, junto con los del Geovanny, eran los malos. Casi siempre general Troll iniciaba la pelea, tenía muy mal genio, era de ese tipo de buenos que no quería salvar el mundo, tan solo peleaba junto con sus compañeros para ganar a sus enemigos que pensándolo bien nunca supe bien porque ellos eran los malos.

Después de ver los Picapiedras, Aló que tal América y Rosa Salvaje hacía los deberes junto a Geovanny, su hermana y su mamá que trabajaba en mi casa.

A la mamá le decíamos de cariño Miriancita, era una mulata guapa. Recuerdo que tenía un pequeño lunar en la nariz y una risa contagiosa. La hermana de Geovanny era más pequeña, quizá en ese tiempo tenía seis años.

Mi mamá trabajaba desde la mañana hasta casi la noche, mi papá viajaba bastante. La mayor cantidad de tiempo la pasaba con la Miriancita y sus dos hijos. Recuerdo el olor de su cuarto y a la Miriancita dándole manotazos al Geovanny por robarse un vuelto.

 

Una tarde oí el timbre de la casa, tuve miedo, me dolió el estómago y una sensación de vomito llegó a la boca. Era mi mamá con mi libreta de calificaciones de primer trimestre. Fui a abrir la puerta preparado. Hola mamita linda, hoy estás linda como una mariposita. Mi mamá lanzó la libreta al piso. Crees que con esas  notas vas a entrar a un buen colegió me preguntó con voz violenta. Yo no dije nada. Mi mamá siguió hablando, de mi indisciplina, de los comentarios de la profesara que afirmaba que yo no era vago sino dejado, de lo que va a pensar mi papá cuando vea las notas, de mi adicción por la televisión. Me amenazó con cortar los cables, de esconderla. Muchas veces cuando mi mamá llegaba del trabajo, yo debía cubrir con un paño húmedo la tele para que no se de cuenta que estuve viéndola por más de cinco horas, a veces no me daba cuenta d la hora de llegada del trabajo, oía el timbre y yo apagaba la tele enseguida, se acercaba con su mano derecha en alto y topaba la tele, si estaba caliente en general debía correr.

Mi mamá seguía hablando de mis malas notas. Yo no decía nada, que me quite todo pero no la televisión, por favor no la televisión, pensaba. Las amenazas seguían mientras se sacaba la medias nylon, yo en silencio y con la cabeza baja. Verás Arturito me dijo, si vos crees que trabajo en el Banco Central estás muy equivocado, yo me rompo el lomo trabajando para que vos nos pagues así a tu papá y a mi, preguntó. Yo prometía mejorar el próximo trimestre, hablaba en voz baja, no me quites la televisión, por favor, no la televisión. Mi mamá me pidió que me calle. Ya estudiaste para el examen de ciencias naturales. No. Y porqué no has estudiado, preguntó mi madre mientras calentaba la merienda. La mamá del Geovanny llegó justo en ese momento. Me salvé pensé yo. Se saludaron. La Miriancita le preguntó que como estaba, las dos hablaron un  rato y justo cuando estaba a punto de escapar mi mamá me vio fijamente. Porqué no has estudiado para el examen te pregunté. Es que. Comencé a temblar. Es que. La sensación de vómito otra vez. Es que perdí el cuaderno. Todo se quedó estático, me sentí en una película de vaqueros, mi mamá a dos metros con sus dos armas preparadas, sus manos con uñas pintadas de rojo eran peligrosas y podía disparar manotazos muy rápidamente, yo temblando, sin armas, porque ante mi madre siempre estaba desarmado.

Me vencí antes de comenzar la pelea y corrí. Subí las gradas a toda velocidad, sentí que mi mamá me agarraba de la camiseta, con un movimiento veloz logré escaparme de una de las armas de sus armas. Seguí corriendo, regresé a ver y mi mamá seguía ahí, con los ojos abiertos, su nariz abriéndose y cerrándose, debía hacer algo, debía detener a esa mujer que tanto amaba pero que en ese momento era mi enemigo. Cuando ya casi me alcanzaba lancé al suelo una silla metálica como obstáculo. Logré llegar a mi cuarto y ya dentro escuché un quejido, mi mamá lloraba. Abrí con lentitud la puerta y vi a mi madre en el suelo. Estaba sentada soplándose una rodilla y con los ojos llorosos, la silla había cumplido su cometido, impedir que el enemigo avance. Me acerqué con cautela, ella seguía armada, debía ser precavido. Cuando estaba a un metro alzó su mirada y me pidió que me desapareciera de su vista, odiaba esa frase. Me encerré en el cuarto y no salí a merendar.

En la noche la Miriancita entró a mi cuarto, se sentó en mi cama. Su mamá dice que usted es malcriado por culpa de mi Geovanny, dice que el le da mal ejemplo niño Arturo. Yo no dije nada. Quiere que le cuente un secreto, me preguntó. Yo di un si con la cabeza. Con el siguiente sueldo le voy a llevar a mi hijos a la playa, nunca han ido, va a ser su primera vez. Yo le sonreí. La Miriancita salió de mi cuarto y me quedé dormido escuchando a mi madre hablar por teléfono con una amiga sobre mis continuos mal comportamientos y sus sospechas de la influencia del Geovanny en mi actitud.

 Al siguiente día mi mamá me dio el desayuno antes de ir al trabajo. No dijo una palabra. En la tarde, después de cuatro horas de televisión estaba jugando con el Geovanny. ¿Quieres que te diga un secreto Geovanny?. Que cosa, me preguntó él. Tu mamá les va a llevar a la playa a vos y a tu hermana el próximo mes. Me quedé viéndolo, a la expectativa de su reacción. El se quedó en silencio y siguió moviendo al general Troll en el suelo. Yo no entendía porque no decía nada, no se alegraba. Porqué no dices nada le pregunté, es la primera vez que vas a ir a la playa. No nos vamos a ir nunca, mi mamá me ha prometido eso desde hace años y hasta ahora no he visto ni una ola. Pero tu mamá me dijo, me dijo que el otro mes les va a llevar. Seguro que no, dijo el Geovanny y siguió jugando.

 

Cuatro meses después la Miriancita se fue de mi casa, encontró otro trabajo. Me despedí del Geovanny sin abrazo, solo sacudiendo las manos. Viste que no nos fuimos a la playa me dijo y se fue cargado con su ropa y sus muñecos que siempre eran los malos.

Nunca mas los vi. A mi me llegó el colegio, la primera masturbación, el primer beso, la primera vez que toqué senos, el primer libro que no pude dejar de leerlo hasta terminar, el primer gran viaje, algunas depresiones, otras felicidades y la universidad.

 

Hace pocos mese la Miriancita fue a mi casa, estaba igual. Me abrazó. Mientras tomábamos el café con mi mamá nos dijo que el Geovanny se había suicidado, estaba consumiendo drogas y se ahorcó en su cuarto en Carcelén Bajo.

No dije nada, igual que la vez que la Miriancita entró a mi cuarto a contarme un secreto. Nos despedimos, ella mi miró con los ojos llorosos. Cuando se fue recordé su secreto. Corrí para ver si seguía ahí pero ya se había ido en un taxi que llamó mi mamá. Me quedé debajo de la puerta, preguntándome si alguna vez la Miriancita le llevó al Geovanny y su hermana a la playa. 

1 comentario:

David Nikolalde dijo...

es un cuento muy bello. Me ha recordado mi infancia; cuando era niño mi mamá tuvo que irse a Italia para trabajar, y junto con mis hermanos nos quedamos donde una tía; ella era buena, pero cuando se kabreaba era bien rayada, y también la consideraba mi enemiga.
La parte final de la historia de Geovanny definitivamente me impactó muchísimo.En lo personal, me ha gustado mucho tu cuento.